No siempre se empieza por el comienzo…

“Empezaré diciendo la verdad en lugar de empezar por el comienzo”. César Brandon Njoku

Mi verdad es que escribo cuentos desde que tengo uso de razón. Mi primer cuento fue un sueño, recuerdo despertar con la imagen vívida y me había gustado tanto que decidí escribir inmediatamente lo que había soñado. Fué un sueño fantástico, donde pasaban cosas sin sentido y en un orden un poco aleatorio. Entonces tuve una epifanía, ¿qué tal si añadía más cosas, personajes, paisajes, diálogos?… y lo que empezó como un ejercicio de memoria terminó por ser una de mis grandes pasiones.

Puedes conseguir la cita de Brandon en su libro: Toda la Felicidad del Universo

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El comerciante de palabras

” Le gustaban las palabras más que las frases, las palabras solas, aisladas, ricas sólo por su propia fuerza…”

Este cuento llegó a mi por casualidad, no lo estaba buscando. Sin embargo, tuve esa sensación de que lo habían escrito justamente para eso, para maravillar. Su autor, Jean Claude Carrière es uno de los máximos exponentes del surrealismo francés. Le llaman “el mago de la palabra” y ha sido guionista de películas tan emblemáticas como Diario de una camarera (1964); Belle de Jour (1967); La Vía Láctea (1969); El discreto encanto de la burguesía (1972); El fantasma de la libertad (1974) o Ese obscuro objeto del deseo (1977).

En el siglo XIX, en los estados balcánicos, de fronteras cambiantes, había un hombre que iba de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo. Era un comerciante de palabras. Recogía palabras durante sus viajes y se las ofrecía a los que las necesitaban.

A las gentes de las montañas les enseñaba “marea” y “ola”(…) A quienes se mantenían alejados de la civilización mecánica, les llevaba las palabras “automóvil”, “avión”, o “submarino”. En los países tórridos, hablaba de “nieve” y de “glaciares”.

Si este hombre llegó a ser casi célebre en su vida, al menos entre los amantes del vocabulario y del lenguaje, es porque ponía en su trabajo una pasión rara. Y así, a las denominaciones añadía, por iniciativa propia, palabras que se aplicaban a las emociones, a los sentimientos, a los recovecos del pensamiento, a los estados del espíritu sutiles y peculiares. Sus palabras procedían de todos los países de la Tierra, de tal forma que los pueblos que se nutrían de sus aportaciones se expresaban, a veces, en una lengua que brillaba como un mosaico universal.

Cuando llegaba a un lugar, en parajes donde pocos viajeros de la época se aventuraban, acudían a verlo a la caída de la noche algunos vecinos que se dirigían a él casi como a un confesor. Le contaban todo tipo de cosas con detalle, tratando de describir el sentimiento que experimentaban y para el que no encontraban la palabra en su lengua. El comerciante de palabras escuchaba con atención, formulaba a veces algunas preguntas breves y les proponía una o dos palabras. En ocasiones pedía un tiempo prolongado para reflexionar, a veces toda la noche, y consultaba sus anotaciones en los numerosos cuadernos que llenaban su carreta.

Detrás de sus esfuerzos cotidianos se desarrollaba una teoría grave y secreta, según la cual todos los pueblos de la Tierra piensan y sienten de la misma manera, pero la ausencia de palabras de unos u otros puede impedir que tal o cual sentimiento aparezca. De ese modo, nos creemos desprovistos de lo que no podemos nombrar.
El comerciante saboreaba la belleza de las palabras (…) porque conocía su precio y su valor. Le gustaban las palabras más que las frases, las palabras solas, aisladas, ricas sólo por su propia fuerza. Consideraba que la disposición de las frases, siempre artificial y a menudo arbitraria, privaba a las palabras de su belleza salvaje, individual, y las ahogaba en el embrollo de la sintaxis. Una palabra, una sola, le bastaba para poner el mundo en marcha, para desentrañar un nuevo secreto, para añadirle un nuevo resplandor.

Hacia comienzos de los años setenta, poco a poco, percibió una disminución de la curiosidad de los pueblos que visitaba, como si tuvieran menos necesidad de palabras o, al menos, de palabras nuevas, de palabras llegadas de otros lugares. Al principio creyó que aquél desinterés sería pasajero. Se engañaba.
Percibía que la atmósfera del mundo se modificaba peligrosamente, y no le quedó más remedio que empezar a rendirse ante la decepcionante evidencia: desaparecían las palabras todos los días y para siempre, tragadas por el abismo oscuro del olvido, que constituye el infierno del lenguaje y al que nuestra pereza le abre las puertas de par en par. Sí, cada vez había menos palabras en el mundo. (…) Los oídos humanos se cerraban a las palabras de los otros.

Al acercarse el final del siglo XX, el vendedor de palabras comprendió que la situación estaba irreversiblemente perdida y que lo que había constituido el eje y el alma de su vida iba a desaparecer. Por inverosímil que pudiera parecer, la humanidad se contentaba con un vocabulario empobrecido y mediocre. La maldición de Babel se cumplía, pero al revés.

¿Cuáles serían las consecuencias en la inteligencia? ¿Y en la belleza? ¿Y en las relaciones entre los individuos o entre los pueblos?

Aquella situación le recordaba al árbol de frondosa copa que poco a poco iba perdiendo las hojas y las ramas para convertirse en un tronco seco. A veces, se atrevía a imaginar un universo en el que, noche tras noche, por ausencia de mirada, se borraran las estrellas.

El comerciante de palabras, con más de ochenta años al comenzar el año 2000, iba de casa en casa, despacio, tendiendo la mano. Ya no tenía nada que ofrecer como mercancía a quienes, por lo demás, nada le pedían. Al final, sólo sabía decir “please”.

Murió solo, en alguna parte del camino de montaña entre Macedonia y Bulgaria. Nadie sabe cuál fue su última palabra.

Al otro lado

Por la mañana en verano no se mete la brisa por el burlete de la ventana. Se mete la luz, y le hace apretar los párpados en negación al comienzo de un nuevo día.
Café caliente que da valor para meterse a la ducha fría. No tan caliente para beberlo rápido mientras se toca la cara y el cabello pensando: ya no tenemos veitimuchos como queríamos tanto. Tienes treintaidemasiados, los senos asienten.

Son las diez, pasadas. Pasadas de pereza y rutina. Repeticiones automáticas que hacen girar a izquierda y a derecha. Apretar el botón del elevador, tomar el ticket del estacionamiento, encender el portátil y escribir buenos días estimado cliente… Se puede escribir con los ojos abiertos y la mente apagada, dormida… Los lápices asienten.
Ya es la una y al otro lado del océano, por la mañana de verano, no se mete la brisa por el burlete de la ventana. Se mete la luz , y le hace apretar los párpados en negación al comienzo de un nuevo día.
Al mirar el móvil nota que ella está escribiendo. El mensaje: “buenos días amor, ya por fin nos hemos despertado”.