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No siempre se empieza por el comienzo…

“Empezaré diciendo la verdad en lugar de empezar por el comienzo”. César Brandon Njoku

Mi verdad es que escribo cuentos desde que tengo uso de razón. Mi primer cuento fue un sueño, recuerdo despertar con la imagen vívida y me había gustado tanto que decidí escribir inmediatamente lo que había soñado. Fué un sueño fantástico, donde pasaban cosas sin sentido y en un orden un poco aleatorio. Entonces tuve una epifanía, ¿qué tal si añadía más cosas, personajes, paisajes, diálogos?… y lo que empezó como un ejercicio de memoria terminó por ser una de mis grandes pasiones.

Puedes conseguir la cita de Brandon en su libro: Toda la Felicidad del Universo

Allí donde nunca he viajado por E. E. Cummings (fragmento)

He leído este fragmento esta mañana y me he emocionado como una niña. Lo había escuchado antes, pero la poesía tiene su tiempo y lugar. A mí me ha llegado hoy.

El autor es E. E. Cummings, poeta, pintor y dramaturgo estadounidense (1894-1962). Necesito guardarlo (aunque dudo que lo pueda olvidar en mi vida), y no se me ocurre mejor lugar para tenerlo 💕


“Con solo mirarme me liberas.
Aunque yo me haya cerrado como un puño,
siempre abres pétalo a pétalo mi ser,
como la primavera abre con misteriosa destreza su primera rosa.

O si deseas cerrarme, yo y
mi vida nos cerraremos muy hermosa y súbitamente,
como cuando el corazón de esta flor imagina
la nieve cayendo cuidadosamente por doquier.

Nada que hayamos de percibir en este mundo iguala
la fuerza de tu intensa fragilidad, cuya textura
me somete con el color de sus campos,
retornando a la muerte y la eternidad con cada respiro.

(Ignoro tu destreza para cerrar y abrir,
solo algo en mí entiende
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas)
Nadie, ni siquiera la lluvia tiene manos tan pequeñas.


Mejor escribo

Ya medité,

organicé los cables de mi cerebro,

me depilé,

viajé,

me mojé bajo la lluvia,

intenté navegar,

sudé llorando,

dibujé cantando,

besé tus fotos,

busqué un nuevo regalo,

lo probé,

lo abracé,

lo forré,

firmé una tarjeta,

simulé entregártelo,

sonreí,

viajé otra vez,

compré un libro,

encontré otro,

pensé en llamarte…

luego pensé, mejor escribo.

Desconocida

El gran reloj de pared despertó a Lucile como siempre a las siete menos diez. La hermosa pelirroja hizo su mejor esfuerzo por desperezarse frotando sus ojos lentamente a la par que estiraba toda su columna vertebral. Al frotarse sus ojos verde oliva solo consiguió provocarse un ardor desesperante, veía todo como si estuviese bajo un cristal opaco y húmedo. Por más que lo intentó no fue capaz de enfocar lo que tenía a su alrededor, ni siquiera sus dedos moviéndose, ahí en frente, al estirar sus manos. Era una típica mañana helada de primavera en la que esa pequeña comezón en la nariz se hacía cómplice del frío que le agrietaba la piel alrededor de las fosas nasales. Ella se esforzaba por ignorar todo aquello. Se sentía descansada esa mañana y desde que conoció a Joanna despertaba feliz pese a que casi podía sentir el crujir de su piel bajo su ropa al caminar.

Lucile vivía su vida minimalista y solitaria en una casa estilo holandés con grandes ventanales de cristal en una urbanización de casas flotantes. Construida con madera de cedro recuperada y ecológica, aquella pequeña casa era su sueño ambientalista hecho realidad. Desde la azotea tenía magníficas vistas de toda la bahía y sobre todo de la casa de Joanna que quedaba justo en frente, en la orilla del lago.

A esa hora de la mañana tenía la sensación de que la habitación era más amplia de lo normal y el techo parecía más alto. La luz que entraba por los ventanales se reflejaba en el lago y le otorgaba un delicado brillo color ámbar cálido a toda la habitación, a la piel rosada de sus muslos que asomaban bajo el camisón y sobre todo al cabello de Lucile, haciéndolo parecer un río de lava incandescente una vez que estuvo de pie frente a la ventana.

Luego de pocos minutos, poco a poco su vista volvió a enfocar con normalidad. Primero, el color crudo de las cortinas de lino, luego los pequeños destellos del agua del lago cuando golpeaba suavemente los pilotes de la casa que instigaba a gordos peces pardos a morderse entre sí. Después se fijó en que las luces del muelle aún no se habían apagado. Lucile permaneció de pie cerca de una hora sin mirar a otro sitio que no fuese afuera a través de los paneles de esa ventana. No miro el reloj ni una sola vez. Permaneció allí de pie, inmóvil, con sus ojos abiertos mientras apretaba los dedos de ambas manos, entrelazándolos en su vientre como si eso fuese lo único que mantenía sus vísceras dentro.

Finalmente apareció, los dedos se soltaron para apoyarse en el cristal, allí estaba Joanna. Había tenido la oportunidad de hablarle solo una vez. Usando la excusa de que no tenia gasolina para su Dingui. Estaba muy nerviosa cuando se aproximó para hablarle pero antes de llegar a su lado carraspeó un poco para hacer notar su presencia. Lucile siempre tenía la sensación de que si no lo hacía pasaba totalmente desapercibida, incluso cuando le hablaba directamente a las personas por la calle.

Aquella tarde de verano víspera del 4 de julio se presentaron formalmente después de años de saludos frugales a distancia. Tuvieron la oportunidad de compartir un poco en el jardín de la casa de Joanna donde recibieron a Lucile como a un miembro más del gran asado familiar. Muy pronto se dieron cuenta que tenían mucho en común, sobre todo los silencios. Por una extraña razón ya no resultaban incómodos para ninguna de las dos. Así pasaron largos ratos taciturnos, sentadas sin decir absolutamente nada, hasta que la luz de la luna arrojaba su suave y hechicero brillo sobre la tranquilidad oscura del muelle.

—Debes estar aburrida de estar sentada aquí sin hacer ni decir nada, lo siento — Lucile rompió el silencio temiendo una despedida.

—Solo hay que encontrar ese espacio vacío que te calce —contestó Joanna

— ¿Espacio vacío?

—Sí, ese que se da cuando no tienes que hacer nada. Ciertamente creo que podemos llegar a apreciar más todo si no estamos esperando que algo suceda o si no hay algo llamándonos. Mira —dijo señalando hacia la luna casi redonda— es como observar un eclipse, por ejemplo, simplemente nos detenemos y dejamos que suceda. No se espera que hagamos nada para que se dé. ¿Acaso no es genial?

Lucile inconscientemente había estado conteniendo la respiración todo ese rato que habló Joanna. Dejó escapar el aire por la nariz mientras sonreía hasta que simplemente soltó:

—Sí, es fantástico. Eso me recuerda algo que una vez escuché o leí, algo así como que la música no se encuentra en las notas, sino en los espacios de silencio entre las notas. La poesía no se encuentra en la belleza de las palabras sino en el espacio en blanco entre las palabras. Igual que el amor, que no se encuentra en los besos, el sexo, las caricias… sino en los espacios que existen entre cada una de esas cosas.

—Oh, pues eso es hermoso, aunque un poco triste ¿no crees? No sé, suena un poco a un amor no correspondido —dijo Joanna poniéndose de pie y sacudiendo sus pantalones cortos.

—Si es verdadero, ya todo el amor es nuestro.

Joanna sonrió sin ganas y le dijo a Lucile que ya debía entrar. Se despidieron saludando con la mano y cada una regresó a su casa, a su rutina, a su vida. Joanna tenía claras las intenciones de Lucile, pero no le gustaban las chicas, sin embargo algo le llamaba mucho la atención en ella, un rasgo de candor que se mezclaba con temeridad y travesura.

Pasaron los meses y las interacciones entre Joanna y Lucile volvieron a ser esporádicos saludos a distancia. Sin embargo, Lucile con el tiempo pudo conocerla mejor. Durante varias semanas no durmió ni comió, se quedaba inmóvil frente a la ventana durante horas para así conocer las rutinas de Joanna. Supo donde trabajaba, su horario, que sus padres realmente no vivían con ella en esa casa. Averiguó cuál era su bebida favorita, las series que solía ver en la tele. Sabía que a veces le costaba dormir y tomaba pastillas sin prescripción, que no le gustaban los vegetales, y que le faltaba el asa a la taza que usaba para tomar el café.

Lucile había escuchado muchas veces aquello de que “el tiempo que es un reputado médico que cura todos los males”. Sin embargo su obsesión por Joanna en diez meses no había disminuido ni un ápice. Decidió entonces, una mañana cualquiera, que era hora de tomar acción cuando una luz se encendió en su cabeza mostrándole un plan para acercarse más a ella. Corrió a la despensa, trasteó en varios armarios hasta que dio con una botella de vidrio, siguió buscando y encontró un corcho que le calzaba perfectamente. Luego corrió a buscar lápiz y papel en una de las gavetas de la cocina. La adrenalina hizo que su caligrafía fuese más pequeña y de trazos profundos en el papel. Escribió a toda velocidad:

«¿Alguna vez has servido una bola de helado con una cuchara caliente? Yo sí. Y estoy segura de que durante el proceso en el que se le arranca la porción del tamaño de una pelota de tenis, el helado entero muere lentamente de placer. Algo igual de intenso siento todas las mañanas al verte, después de que nos saludamos. Porque sé que no me saludarás hasta la mañana siguiente. Es injusto, me gustas. ¿Hay algo que te guste? ¿Me aceptarías un helado alguna vez?».

A la mañana siguiente Joanna encontró la botella colocada en el suelo junto a la puerta de su coche. La abrió y leyó la nota. No pudo evitar sonreír y sacó un bolígrafo de su bolso y escribió muy rápidamente antes de volver a meter la nota. Luego dejó la botella en el mismo lugar y se marchó como siempre.

A pocos minutos ya estaba Lucile leyendo: «Sí, hay algo que me gusta mucho: pintar. Pinto acuarelas de la bahía y a mi novio»

—¿Un hombre?

Aquella confesión hizo estallar el corazón de Lucile, haciéndole sentir ya no una cuchara caliente, sino un afilado cuchillo hundiéndose sin piedad en su pecho. Imaginaba a Joanna en ese momento ajustando su reloj con toda la tranquilidad. Ese gesto recurrente en ella ahora se había convertido en el de una mantis que limpia sus patas luego de haber devorado la cabeza de su amante.

Lucile posó con lentitud la botella en el suelo y luego le dio una patada que la hizo volar por los aires hasta estrellarse en un solitario poste de luz a unos metros. Lucile estaba loca de ira, pero no dijo nada, su labio inferior empezaba a sangrar un poco en el lugar donde sus dientes se hincaban, sus ojos desaparecieron tras una cortina ondulante de lágrimas. Joanna nunca le dijo de aquel chico, sabía que le gustaba, incluso coqueteaban mutuamente, sí, era mutuo.

El oficial Cohen, fue el primero en llegar a la escena. Nunca dejaba de impresionarle ver muerta a una chica tan joven pero esta vez se trataba de una muerte desafortunada. Aparentemente la chica se había golpeado en la cabeza contra el borde de la encimera de mármol de la cocina al caer. En su ropa y en los alrededores habían señales de forcejeo, seguramente hubo una pelea. Ya no había nada que hacer por ella, entonces Cohen se dispuso a salir a interrogar a todos fuera para recabar la mayor cantidad de información posible que le diera pistas para encontrar al responsable.

Solo tuvo que dar un par de pasos para encontrarse a otra joven sentada en la acera junto al porche trasero con las manos en la cabeza. En un impulso posó su mano derecha sobre su arma de reglamento y enseguida se identificó en voz alta. La joven no se movió, solo sacudió su cabeza en negación. No lloraba, parecía tranquila y cuando Cohen estuvo de pie frente a ella, relajó su mano al darse cuenta de que se trataba de una diminuta chica rubia.

Joanna Sánchez levantó su mirada y muy tranquila le dijo:

—No la conocía señor oficial, ha sido en defensa propia.

Ambas veces

Y tú me preguntas cómo se sobrevivía sin móviles, ni internet, ni nada de esas cosas…

Primero te contaré cómo sabías estar en el sitio acordado y a la hora acordada. Porque no te quedaba otra si de eso dependía mirar de nuevo su rostro, meses después de su partida al frente.

Tampoco importaba la distancia, tener que ir en bus hasta doce estaciones ida y otras doce de vuelta para llevarle sus roscas favoritas. A cambio sabía que siempre obtendría su sonrisa nerviosa. Esas fueron varias veces, cuando tocaban las angustiosas visitas al hospital, cuando se ponía enfermo.

Qué me dirás ya del tiempo, si no sabes lo que es esperar ocho largos meses recibiendo solo una carta brevísima a la semana. Carta que sabías había sido leída por el capitan o sargento o lo que fuera su superior. 

«Cada semana es una semana menos Lucía, debes tener paciencia pero sobre todo debes cuidarte mucho. Tuyo, Carlos»

Y si decía que era tuyo, no era de otra forma. Tú esperabas, sin pruebas, sin llamadas de vídeo o como la llamen. Sin otra cosa que una promesa hecha una sola vez y que jamás ninguno de los dos tuvo que repetir en voz alta, ni baja.

No estabas en búsqueda de conocerte, de encontrarte. Sabías que lo harías eventualmente, y es que ni siquiera pasaba por tu mente. Habían cosas que hacer más importantes que ponerte a pensar en tu existencia. No, no había tiempo de desprecintar el ego. Eran tiempos difíciles, de hambre, de guerra. La etapa más hermosa de mi vida, solo por él.

Finalmente te diré que amé, lo amé hasta el fin de sus días y el a mí. Y sólo nos dijimos te amo cuando partió, ambas veces, a la guerra y a la paz, y ya está.

Conservación de los recuerdos

Hoy regreso a uno de mis grandes favoritos de siempre, Julio Cortázar (1914-1984), un gran intelectual argentino, traductor, cuentista, poeta, y un gran enamorado de la idea de reventar viejos paradigmas en la literatura.

Es muy normal que te quieran vender a Cortázar como una lectura que te enamorará de inmediato y apasionadamente. Te mienten. Julio es indigesto, extravagante, reiterativo, enrevesado y maravilloso. Hay que leer lento y en algunos casos, como lo son sus obras más elaboradas, se recomienda beber grandes cantidades de contexto, de su contexto, para ir procesando lentamente hasta disfrutarlas.

El siguiente microrrelato es delicioso. Querrás leerlo muchas veces, y si escribes vas a querer hacer otro igual o parecido. Todo esto es normal, es la magia de Cortázar fluyendo por tus neuronas. Hay muchos cuentos como este en su libro “Historia de Cronopios y de Famas” publicado en 1962 en Buenos Aires, Argentina.


Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: «Excursión a Quilmes», o: «Frank Sinatra».

Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: «No vayas a lastimarte», y también: «Cuidado con los escalones». Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.

Los pájaros de Ramiro

A todos nos gusta oír tocar a Ramiro. Sobre todo cuando aparecen los pájaros, cuando empieza a oler a flores y ocurren todas esas cosas. Pero he de confesar que no siempre aparecen. Además solo toca durante esos días especiales que todos sospechamos que deben tratarse de festivos. Me resulta muy difícil saberlo, hace tanto tiempo que no salgo, que ya no estoy seguro ni en qué día vivimos.

Cuando se dispone a tocar a Ramiro le gusta sentarse viendo por el enorme ventanal del salón. Hoy toca una melodía suave y alegre que vibra a través de los árboles del bosque que se enfrenta al ventanal desde el oeste. La música se cuela a través de los rayos tibios del sol y el viento la hace viajar varias millas hasta la espesura del bosque. Todos percibimos la melodía como un riachuelo y poco a poco entramos en sus profundidades hasta quedar sumergidos por completo.

Sin Ramiro, lo normal aquí es el silencio. Las personas hace mucho que se han ido a vivir muy lejos, dentro de sus propios pensamientos. No hay conversaciones ni discusiones, los intercambios se hacen con miradas y cuellos encorvados. Todos están ausentes, aislados, ya no nos hacemos compañía. Casi desaparecidos en una realidad que nos vuelve cada vez más invisibles. Lo único que nos rescata es la música, que arrastra hasta nosotros el olor de las flores, de los árboles del bosque, las conversaciones con los pájaros y tantas otras cosas.

Para cuando Ramiro terminó de tocar, pude divisar en el techo, el revolotear de docenas de pajaritos. Sé muy bien que ninguno de ellos existe en realidad, que son como voces internas, pensamientos que estaban suspendidos hasta que la música de Ramiro los materializa. Cada quien tendrá el suyo, supongo, aunque de diferentes formas. Los pájaros se concentraron en un grupo de conversadores con temas semejantes. Por lo general suelen ser huidizos y se quedan poco tiempo. Hoy el grupo lo conformaron colibríes alegres y vivaces aunque silenciosos. Uno de ellos se me acercó y pude ver cómo ladeaba sutilmente su diminuta cabecita, me miraba con infinita curiosidad.

–Ignóralos cuando vengan –me dijo– y no digas que te lo he dicho a nadie.

–¿Ignorar a quién? –respondí, asegurándome de que nadie me estaba viendo.

–Schhh! No hables, solo escucha. Pronto vendrán los pájaros obscuros. No los escuches, llegarán y se esconderán donde puedan. Desde su escondite os hablarán sin parar hasta carcomer vuestras mentes. Dejarán vuestras cabezas huecas y frágiles. Vuestra cordura se derrumbará, como un árbol podrido durante una ventisca.

No respondí. No supe que decir. Y el colibrí se marchó volando donde los demás aún revoloteaban, como si esperasen algo. ¿Debía advertir a los demás? Ya sabía yo que los pájaros siempre traían un mensaje, pero esta vez resultaba ser uno demasiado definitivo, una especie de amenaza o condena colectiva. Nadie me ha preguntado nunca, pero tampoco les diría que me hablan si lo hicieran, sería estúpido. Queda de mí contarle a los demás del mensaje, queda de ellos prestarme atención y creerme.

Me pregunto en qué momento perdí la capacidad de expresar en voz alta cualquier ridiculez que se me ocurriese. Y más me intriga cuando recuerdo que todo lo verdaderamente genial que ha sucedido en el mundo es y existe producto de la locura. ¿Será un error admitir que un colibrí me ha hablado? Si eso implica salvarlos a todos de un destino atroz, de una muerte en vida. Sería algo generoso de mi parte, se trataría de un acto de rebeldía o quizás de ingenuidad. No tengo la respuesta, creo que a veces simplemente no la hay.

Ciertamente me da temor, no siempre se puede ir hacia atrás buscando el error cometido para corregirlo. Ese error que hace que perdamos el rumbo por completo.

La música de Ramiro procura la atmósfera perfecta para que acudan toda clase de pájaros. El salón se vuelve un lugar sin tiempo, que es a su vez todos los lugares. Mis amigos plumíferos conversan con mis pensamientos que ya no pueden ser palabras. Con silencios que no quieren ser lo que no son. Que no obligan, ni encasillan, ni desprecian. Voces mágicas, silencios mágicos, que incluyen, acarician, abrazan. Para nosotros no es tan sencillo decir en voz alta, me falta, necesito, no sé cómo, no sé por donde, contengo demasiado vacío. Les hablo porque extraño algo que sé que existe pero que no puedo encontrar.

Hablando con los pájaros de Ramiro, pude entender que algunos piensan haber cumplido su más grande deseo cuando en realidad lo que han logrado es perderse a sí mismos. Siempre pensé que en esencia nadie se pierde nunca, si somos honestos con nosotros mismos. En cambio, la realidad se empeña en mostrarme que uno sí que puede perderse y que toma una vida entera volver a tener la oportunidad de encontrar el camino donde uno eventualmente vuelva a encontrarse. Los pájaros solo ayudan a encontrar las pistas de donde está todo lo que siempre será si aceptamos a nuestras voces.

Me han dicho que ignore a los pájaros de Ramiro, incluso el pequeño colibrí me lo ha dicho. Si lo hago, seguramente podre volver a casa, con mi familia. Lejos de miradas furiosas y pastillas soñolientas. Yo no puedo, mi ego es un tramposo. Por una parte, es sencillo renunciar a lo que no es de uno y que tampoco nos atrae tanto. Ahora, ¿cómo se hace para renunciar a aquello que nos atrae mucho y que no queremos que salga de nuestra vida? Desde pequeño me enseñaron que simplemente se le deja de dar importancia a aquello que no debe ser. Aunque por dentro queme, moleste, duela. Sé que se puede sentir y padecer esa clase de dolor con tranquilidad. La tranquilidad y el dolor no son excluyentes, no tienen porque serlo. Se deja ir, con una sonrisa de agradecimiento, a aquello que se abandonó. Pero es difícil decirle que no a lo que uno quiere decirle que sí, claro que es difícil, más no es imposible.

A veces sigo las recomendaciones e insisto en hablar con las personas, esos seres que no tienen nada que ver conmigo, y no me pasa nada, no encuentro nada, no vibro, no entiendo, no me llegan, o no nos llegamos. No será el momento, no será en esta vida, no estaré en la frecuencia adecuada. Pero hay gente testaruda, gente perezosa. Gente que prefiere pasarlo mal con lo que no es, que hacer espacio para lo que puede llegar volando y quedarse. Hay urgencias, hay necesidades, hay vacíos profundos, hay incomodidades que parecen imposibles de soportar, parecen, pero sí, podemos soportarlas.

El perfeccionista que habita dentro de mí quisiera analizar lo que supone contar lo que me ha dicho el colibrí esta tarde. Me decanto más bien por seguir esperando a los pájaros con cada tonada, y hablarles. Permitir que me hagan compañía. Seguramente he perdido la cordura para siempre, pero he pensado en ello lo suficiente como para controlar ese impulso de autodestruirme.

Finalmente he conseguido convertir mi decisión en un acto reflejo de sonar la lengua contra los dientes tornando los ojos hacia arriba y pasar a pensar en otra cosa. No diré nada, igual no me creerán.

El Gigante Egoista

Esta es una historia la escribió Óscar Wilde, un cuentista victoriano irlandés que ha escrito también muchos otros bellos relatos como El Retrato de Dorian Gray.

El gigante egoísta se publicó por primera vez en 1888. Es una historia llena de ternura y con una hermosa lección de unión, amistad y amor.


Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados.

Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura, que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.

—¡Qué felices somos aquí! —se decían unos a otros.

Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.

—¿Qué hacen aquí? —surgió con su voz retumbante. Los niños escaparon corriendo en desbandada.

—Este jardín es mío. Es mi jardín propio —dijo el Gigante—; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí. Y de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

“PROHIBIDA LA ENTRADA BAJO PENA DE LEY”

Era un Gigante egoísta… Los pobres niños se quedaron sin tener donde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.

—¡Qué dichosos éramos allí! —se decían unos a otros.

Los únicos que ahí se sentían a gusto, eran la Nieve y la Escarcha. Cuando la Primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el Invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños, que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.

—La Primavera se olvidó de este jardín —se dijeron—, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.

Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo. La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.

—¡Qué lugar más agradable! —dijo—. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.

Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.

—No entiendo por qué la Primavera se demora tanto en llegar aquí— decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco, espero que pronto cambie el tiempo. Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.

—Es un gigante demasiado egoísta—decían los frutales. De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.

Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.

—¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la Primavera —dijo el Gigante y saltó de la cama para correr a la ventana.¿Y qué es lo que vio?
—¡Sube a mí, niñito! —decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño. Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón el Invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse.

El Gigante sintió que el corazón se le derretía.—¡Cuán egoísta he sido! —exclamó—. Ahora sé por qué la Primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños. Estaba de verdad arrepentido por lo que había hecho. Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra vez.

Sólo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera regresó al jardín.—Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos —dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro.Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.

Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.—Pero, ¿dónde está el más pequeñito? —preguntó el Gigante—, ¿ese niño que subí al árbol del rincón?

El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.—No lo sabemos —respondieron los niños—, se marchó solito.—Díganle que vuelva mañana —dijo el Gigante. Pero los niños contestaron que no sabían donde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste.

Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.

—¡Cómo me gustaría volverle a ver! —repetía. Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.

—Tengo muchas flores hermosas —se decía—, pero los niños son las flores más hermosas de todas. Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno pues sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando. Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado y miró, miró…

Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín, había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.

Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira, y dijo:

—¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.—¿Pero, quién se atrevió a herirte? —gritó el Gigante—. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.—¡No! —respondió el niño—. Estas son las heridas del Amor.—¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? —preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:

—Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso. Y cuando los niños llegaron  esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.


Arena

Caminaba desnuda por la orilla. No sentía ni frío ni calor. El aire estaba detenido, templado y algo húmedo. Me escocia el salitre en los labios y tenía tanta sed, que tragar llenaba mi garganta de erizos espinosos. Andaba a paso apresurado, porque estaba desnuda y así se tiende a ir más de prisa. No habían defensas, ni tapaderas. Todo estaba expuesto a quien quisiera ver, afortunadamente no estabas tú, mi observador predilecto. Y digo afortunadamente porque seguro vendrías a taparme con tu abrigo invisible de espuma, ese que usas sin importar si es invierno o primavera, otoño o verano. Me taparías y me dejarías allí, de pie frente a toda esa gente, inmóvil, como ese dique no logra detener a las olas más ruidosas.

Caminé por años pensando, descalza. Hasta que el dolor se volvió insoportable. Mis pies sangraban ya por el roce con la arena, las piedrecillas, por el paso apurado y el no saber andar sin tí, mi concha de ermitaño, la horma de mi zapato. Después de un rato de andar, me detuve. Supe que era el momento de enterrarme bajo la arena. Estaba cansada, adolorida y esperando a encontrarme mejor para salir de nuevo a buscarte.

El Secreto del Escritor

A Buzzati lo encontré sonreído, sentado con las manos abiertas, en movimiento impaciente, como diciéndome ¿A qué esperas? Estaba en una pila de libros, abandonados a merced del polvo y con tan poca luz que a penas pude leer el título: “El Colombre” Dino Buzzati 2008. Se trataba de una traducción al castellano del original “Il Colombre” publicado en 1966.

Dino Buzzati (1906-1972) fue un periodista italiano al que no le gustaba mucho que le dijesen escritor, prefería ser llamado periodista. Su obra tiene grandes pinceladas del surrealismo y del existencialismo. Dos corrientes que me atraen como la luz a los insectos. Su novela más conocida es ” El desierto de los tártaros”, considerada como su obra maestra y que hasta el mismísimo Borges alabó en el prólogo que escribió en su traducción al castellano.

Qué absurdas hipótesis, (…), dándose cuenta de su necedad…Y, sin embargo, no conseguía desecharlas, al poco rato volvían a tentarlo, protegidas por la soledad de la noche.

El desierto de los tártaros” (1940)

En esta oportunidad, os traigo “El secreto del Escritor”. Uno de los relatos que aparecen en “El Colombre”. Es uno de esos relatos que juegan con nuestro juicio, que reta al ego a hacer acto de presencia para luego liquidarlo. Espero os guste tanto como a mí…

Arruinado y feliz.

Sin embargo, todavía no he tocado fondo, aún me queda por perder un pequeño margen, y espero poder saborearlo. Por lo demás, he llegado a una edad tan avanzada que posiblemente no me quede mucho tiempo de vida.

Desde hace muchos años tengo fama ―una fama que poco a poco se ha ido consolidando― de ser un escritor acabado, en decadencia completa e irrevocable. Cada libro mío que se publicaba, se decía, o por lo menos se pensaba, era un escalón más que yo descendía. Así fui hundiéndome progresivamente, hasta llegar al abismo actual.

Todo es obra mía. Este catastrófico resultado lo he perseguido con paciencia y tenacidad desde hace más de treinta años, siguiendo un plan sagazmente preestablecido.

Pero entonces ―se preguntarán―, ¿este fracaso lo ha buscado usted?

Así es, señoras y señores. Como escritor había obtenido grandes éxitos y poseía un gran renombre: era, como se dice, un triunfador. Pero yo podía llegar todavía mucho más alto: de haberlo querido habría alcanzado sin ningún problema la gloria total.

Pues bien, no quise.

Al contrario, desde el lugar al que había llegado ―una magnífica cota, una cima, se puede decir, un Monte Rosa, si no un Himalaya―, preferí descender poco a poco, desandar hacia abajo el camino recorrido a grandes saltos, vivir las etapas de una penosa decadencia; penosa sólo en apariencia, amigos míos, porque yo obtenía de ella todo tipo de consuelos. Y esta noche, en estas páginas ―que luego introduciré en un sobre lacrado que no se podrá abrir hasta después de mi muerte―, explicaré el porqué, revelando mi largo secreto.

Tenía ya cuarenta y un años y navegaba viento en popa por el mar del éxito cuando, un día, la luz se hizo de repente en mí. El futuro hacia el cual me encaminaba, un futuro de gloria mundial, repito, de clamorosos premios, honores, popularidad, reconocimientos victoriosos en todo el mundo, se me presentó en toda su miserable desolación.

El aspecto material de la gloria no me interesaba porque ya era enormemente rico. ¿Y lo demás? ¿El sonido de los aplausos, la ebriedad del triunfo, el fascinante lustre por el que tantos hombres y mujeres han vendido su alma al diablo? Cada vez que probaba una migaja de ella, me quedaba un sabor amargo en la boca y cierta sequedad. Después de todo, ¿cuál es la máxima manifestación de la gloria?, me decía a mí mismo. Simplemente ésta: que cuando uno camina por la calle, la gente se vuelve y susurra: «¿Has visto? ¡Es él!». Sólo eso, nada más, ¡ja, menuda satisfacción! Y esto, fíjense bien, sólo sucede en los casos excepcionales de grandes personajes políticos o de actrices especialmente célebres. Tratándose de un simple escritor, es muy raro en nuestros días que alguien se fije en él por la calle.

Pero también está el lado negativo. No es que me asustaran las molestias cotidianas: los compromisos, las cartas y las llamadas telefónicas de los admiradores, las entrevistas, las citas, las ruedas de prensa, los fotógrafos, la radio, etcétera; no, mi tormento era otro: cada uno de mis éxitos, que a mí me proporcionaban tan escasas satisfacciones, para un gran número de personas suponía un profundo disgusto. Oh, qué pena daba ver las caras de algunos amigos y colegas en los días para mí más dichosos. Eran buenos chicos, honrados y trabajadores, a los que me unían antiguos vínculos de afecto y costumbre, ¿por qué entonces hacerlos sufrir así?

De pronto fui consciente de la suma de dolores que había ido sembrando a mi alrededor debido a mi ridículo afán por triunfar. Confieso que nunca había pensado en ello. Y tuve remordimientos.

Comprendí también que si seguía por ese camino cosecharía, sí, nuevos y cada vez más ricos laureles, pero a cambio haría sufrir a muchos corazones que quizá no se lo merecían. El mundo está lleno de aflicciones, pero las punzadas de la envidia se encuentran entre las heridas más sangrientas, profundas, difíciles de cicatrizar y, en general, más dignas de piedad.

Reparar el daño, eso era lo que tenía que hacer. Y tomé la gran decisión. Desde lo alto de la cima a la que había llegado, se me concedía, gracias a Dios, la oportunidad de hacer mucho bien. Cuanto más había entristecido a mis semejantes con mis éxitos, tantos más consuelos podría ofrecerles. ¿Qué es el placer, de hecho, sino la cesación del dolor? ¿Y no es directamente proporcional al sufrimiento que lo precede?

Así pues, tenía que seguir escribiendo, no aflojar mi ritmo de trabajo, no dar la impresión de un retiro voluntario, pues habría sido un débil consuelo para mis colegas disimular, en una maravillosa mistificación, el talento en flor, escribir cosas cada vez menos bellas, fingiendo una degradación de mis facultades creadoras; y a los que esperaban de mí golpes nuevos y fieros, darles la alegre sorpresa de mi derrumbe.

La empresa, aparentemente sencilla, porque hacer cosas insignificantes o feas no cuesta por lo general ningún esfuerzo, en realidad era difícil por dos motivos.

En primer lugar, había que arrancarles juicios negativos a los críticos. Ahora yo pertenecía a la categoría de los escritores laureados, con una sólida cotización en el mercado estético. Hablar bien de mí ya formaba parte del conformismo de estricta observancia. Y todo el mundo sabe lo difícil que es hacer cambiar de parecer a los críticos una vez que han encasillado a un artista. En pocas palabras, ¿se darían cuenta de que había empezado a escribir estupideces o, por el contrario, como era de temer, se mantendrían inmóviles en sus esquemas y continuarían cubriéndome de alabanzas?

En segundo lugar, yo no tenía sangre de horchata, por lo que reprimir el ímpetu irresistible de mi genio me costaría un gran esfuerzo. Por mucho que yo me obligara a la vulgaridad y a la mediocridad, esa luz se trasluciría entre líneas con su fuerza misteriosa. Para un artista, fingirse otra persona, aunque sea alguien peor, es una dura tarea.

Sin embargo, lo conseguí. Reprimí durante largos años mi naturaleza impetuosa: supe disimular, con una sutileza que por sí sola bastaría para proclamar la grandeza de mi ingenio; escribí libros y más libros que no tenían nada que ver conmigo, cada vez más flojos, sin aliento, sin pies ni cabeza, pobres en cuanto a la intriga, los personajes, la estructura narrativa. Un lento suicidio literario.

A cada nueva publicación mía, los rostros de mis amigos y mis colegas se volvían más serenos y reposados. Les aliviaba poco a poco del peso angustioso de la envidia, pobrecillos. Recuperaban la confianza en sí mismos, volvían a sentirse en paz con la vida, volvían a tenerme un verdadero afecto. Volvieron a florecer. Yo había sido durante demasiados años una espina clavada en lo más profundo de sus entrañas. Ahora extraía suavemente esa espina dolorosa, y eso, para ellos, era un alivio indecible.

Los aplausos se debilitaron, la sombra cayó sobre mí. Sin embargo, yo vivía más contento y ya no sentía a mi alrededor el ambiguo hálito de la admiración, sino un cálido ambiente de bondad y gratitud. La voz de mis compañeros recuperó el tono sincero, fresco y generoso de los lejanos tiempos de la adolescencia, cuando aún no conocíamos las miserias de la vida.

Pero entonces, me preguntarán, ¿usted sólo escribía para algunas decenas de colegas? ¿A eso se reducía su vocación? ¿Y el público, la inmensa multitud de los seres vivos y de la posteridad cuyos corazones podía consolar? ¿Así de mezquino era, pues, su arte?

Y yo les respondo que tienen razón, que la deuda que siento hacia mis amigos y mis colegas es una nimiedad comparada con la que he contraído con toda la humanidad. Pero al prójimo, al público desconocido esparcido sobre la corteza de la Tierra, a las generaciones del año 2000, yo no les he arrebatado nada. En todos estos años he hecho a escondidas lo que el Todopoderoso me imponía, con las alas de la inspiración divina he escrito los libros realmente míos que hubieran podido elevarme a los cielos más altos de la gloria. Los he escrito y guardado en la gran caja fuerte que tengo en mi dormitorio. Son doce volúmenes. Los leerán después de mi muerte. Entonces, mis amigos ya no tendrán motivos para quejarse. A un muerto se le perdona con gusto todo, incluso el haber creado obras maestras inmortales. Es más, se echarán a reír, moviendo benévolamente la cabeza. «Ese sinvergüenza lo consiguió. ¡Y nosotros, que creíamos que chocheaba!». Sea como sea, yo les…

En este punto el manuscrito se interrumpía. El viejo escritor no había podido continuar porque la muerte lo había sorprendido. Lo encontraron sentado ante su mesa de trabajo. Sobre el papel, junto a la pluma rota, la blanca cabeza yacía inmóvil, en un supremo abandono.

Sus familiares abrieron el cofre: contenía doce grandes carpetas con cientos de hojas en cada una de ellas. Las hojas estaban completamente en blanco.

Grabación Ilan 222355

Hola Tamia.


Te grabo esto desde una pequeña y fría habitación en un Centro de Salud. No me pasa nada me dicen, pero en realidad me pasa de todo. Estoy esperando que firmen mi alta, algún día. Afuera llueve a cántaros pero no puedo escuchar el agua caer, aunque aguante la respiración no escucho nada, solo veo hilos de agua ondulando nerviosos en los cristales, iluminados por la luz blanca que sale de la cabecera de mi cama. Mi reflejo en la ventana es el de un cadáver. Uno que habla a una grabadora de bolsillo, imagínate.


Hace un momento vino un enfermero flotando, no me miró, solo inyectó algo en la delgada vía que sale de mi brazo izquierdo y se marchó, flotando igual. Mi única compañía en este momento es un viejo reloj de pared que suelta su “tac” cada segundo. Llevo contados 4376 tacs desde que desperté. Antes de eso no sé qué pasó, solo recuerdo estar en la oficina… ah, sí, en ese momento hablábamos tu y yo por teléfono. Fue el miércoles, sí, recuerdo que hablábamos de la última vez que nos vimos, me decías que me encontraste mejorado, me comentabas lo que pensaste entonces: «Cuando te vi te sentí tranquilo y de buen humor… de verdad pensé que todo había pasado».


Mientras te escuchaba a través del auricular, sonreía, removiendo mi té sin cesar. En mi cabeza solo retumbaba una palabra, como si fuese una gotera insidiosa en una gran caverna llena de ecos: tranquilo… tranquilo… tranquilo…


No me detuve a recordar cómo lucías aquel día, en los movimientos que haces inconscientemente con tus manos cuando hablas o cuando frotas suavemente las yemas de tus dedos contra mis nudillos si estás buscando una palabra en tu memoria, la más adecuada. Pensaba que hacía siglos que no me sentía tranquilo.


No te interrumpí y seguí escuchando con mucha curiosidad tu percepción de lo que yo reflejaba aquella, nuestra última tarde. Para mi sorpresa esa imagen distaba mucho de lo que en realidad sentía en mi interior. ¿Cuál es la imagen entonces de alguien cuya mente va a diez mil por hora ininterrumpidamente? ¿Acaso había logrado que este torbellino pasara desapercibido? ¿Puedo esconder mis enormes dudas?


Me hice esas y otras tantas preguntas, tú seguías hablándome de nuestro paseo. Y reías al recordar cuando anudaste tu bufanda en mi cuello, porque yo tenía frío y según tú, tú no tenías. Al mismo tiempo que las dudas me asaltaban, otros pensamientos pesimistas caían desde muy alto y se estrellaban a toda velocidad haciendo enormes cráteres en mi mente. Yo, continuaba en silencio. Mis inseguridades aparecían violentamente, como periódicos saliendo de la imprenta. Entre otras cosas, pensaba en como la vida, en cierto modo, se parece a una obra de teatro. Donde lo que hacemos, o parece que hacemos, es lo que finalmente vale. Además, lo que queda allí expuesto, en el escenario, no se puede cambiar o hacer de nuevo. Sería fantástico que pudiese hacerlo cuántas veces quiera, ¿no crees?


Yo estuve todo el tiempo tratando con tantas fuerzas que no lo notes y solo conseguí que empeorara. Es tan irónico que ya no es gracioso. Ojalá pudiera quitármelo como un calcetín, o tu bufanda perfumada. Pero no es tan sencillo, aún en la era donde todo lo que no nos gusta lo podemos remover con un clic, o en todo caso lo podemos corregir, mejorar, filtrar o reemplazar por una mejor versión. Así, intentamos ir modificando lo que hacemos, lo que queremos, lo que sentimos, una y otra vez hasta que todo esfuerzo se diluye, porque nunca nos quedamos satisfechos. Esta maldita sensación de que no hacemos lo suficiente.

Claro, si pasamos el día llenando formularios sobre lo que los demás esperan de nosotros y nos dejamos siempre en último lugar, está claro que llevamos las de perder. Lo único que logramos es aislarnos detrás de nuestra mejor, más editada, corregida, y producida imagen para consumirnos sin darnos cuenta, cual leños en una hoguera. Querida Tamia, debo confesarte que me temo que aquí ya no quedan más que cenizas, cenizas con una vía que le suministra suero, medicamentos y sangre de Fénix, un romántico quizás…


El aire huele a alcohol, ya el reloj lleva 5584 tacs… Tengo cerca de 130 correos que responder, debo hacer 7 llamadas, 3 de ellas urgentes. Hay niveles de urgencia ya sé, pero yo no estoy incluido en ninguno aún. Ya me conoces, te cambio el tema otra vez, pero es que no me va el drama ni el victimizarme. Nada tengo de histriónico, bueno, quizás un poco cuando discutimos pero ese es otro asunto. No estás aquí y ya me estás llevando la contraria. Sonrío.


No quiero que creas que estoy disgustado, por eso te grabo esto en vez de escribirlo. Temo llamarte y que no contestes ya. Que te hayas rendido, que no entiendas mi silencio. He tenido que bajar el ritmo para pensar, para mirarme un poco más al espejo. Bien sabes que soy un introvertido, aún cuando me resulta relativamente fácil establecer relaciones con los demás, siempre necesito pasar un tiempo a solas para relajarme y recargar energía. Sí, recargar, porque me vacío como un saco agujereado. Mi empatía es extrema, más no ilimitada, soy la persona perfecta para escuchar y entenderte perfectamente, pero luego necesito desaparecer simplemente, quizás un par de días, o meses, sin que se trate de algo personal.


Y aquí estoy, hablándote, pensando en lo que puedas estar necesitando en este momento. Estoy seguro de que estás en las mismas, pero no pensando en mí sino en otra persona, como siempre. Qué te parece la idea de que llevemos un gafete. Podría diseñarlos, en blanco y negro, pondrían: Hola, “nuestro nombre”y debajo: “Yo me preocupo”. Sería tal vez lo más triste que hayamos hecho juntos y seguramente lo más generoso.


Bueno, he perdido la cuenta del segundero pero empiezo a contar de nuevo, 1, 2, 3… Ahora mismo son las 10:45 de la noche, en Texas son las 15:45, en Chile las 18:45. Todas son buenas horas, me queda tiempo para responder perfectamente los correos. Todo está bien. 26, 27, 28… Espero que tú también lo estés, ¿Lo estás? Yo no lo estoy, eso es lo que intento contarte desde que te dije Hola.


Oh Tamia no termino de concretar, lo siento, pero ¿cómo puedo decirte esto sin hacerte sentir fatal? Pues supongo que empezaré por lo que me trajo a este habitación en primer lugar. Como te he dicho hablamos el miércoles por teléfono, nos despedimos y colgué. Me quedé sumido en mis pensamientos, periódicos que se acumulaban sin cesar, preguntas sin respuestas, cráteres, desazón, y entonces, el miedo. De la nada apareció de nuevo esa bestia para abrazarme, quitándome además las fuerzas de querer ahuyentarla de dentro de mí. Empecé a sentir que el corazón se desbocaba en el pecho, dando golpes, desesperado por salir de ese encierro. El aire se volvió muy denso y sentí que respiraba debajo del agua, un fluido viscoso en lugar de aire, me agité, un dolor intenso me recorrió el pecho y la espalda. Pensé que se trataba de un infarto, empecé a sudar y el miedo empezó a morderme, a desgarrarme con sus garras y a arrancar pedazos de mí que no he vuelto a recuperar. En medio de toda esa lucha miré tu foto en la agenda del móvil, pero esta vez tus dedos no me alcanzaron y caí.


Me tomo varios días entender qué me pasaba. He hablado con un médico muy en contra de mis ganas. Pero ya te digo, esa bestia asfixiante y silenciosa, no te deja en paz hasta que eres consciente de que está allí, encima de tus hombros, dirigiendo tu mirada, tus pensamientos y por ende, tus acciones. Da igual si tratas de ignorarla, si estás teniendo un buen día, sí lleva días sin visitarte, siempre regresa furiosa. El truco está en verla venir, estar preparado para enfrentarle sabiendo que no te estás volviendo loco. Tampoco vale que te digan que todo estará bien, que esto también pasará. Tampoco todas aquellas frases de poco más de diez palabras que pretenden resumir lo que define nuestra existencia, éxito y felicidad. Esta frases (que dicho sea de paso, tampoco nos tomamos el tiempo de internalizar), en su mayoría parecen redactadas por un gurú pasivo agresivo que poco nos ayudará a lidiar verdaderamente con el problema.


Y este, en particular no es un problema fácil de detectar. Todos debemos encarar a diario situaciones que nos representan pequeñas batallas. El trabajo, los estudios, las responsabilidades, etc. Cada paso lo damos para alcanzar una pequeña porción de éxito y felicidad, no solo nuestra, sino la de nuestras familias, de los que dependen de nosotros. Sin embargo, los que luchamos contra la ansiedad día a día, nos vemos en algún punto sobrepasados, incapaces de lidiar con la avalancha emocional que nos representan simples cuestiones cotidianas. La pasión de nuestras convicciones nos puede llevar más allá del agotamiento. Cuando las circunstancias son inevitables la lucha se vuelve inútil y muy irracional. Nuestro entusiasmo se sale de control. Nos quedamos exhaustos, nos ponemos nerviosos, estresados y finalmente enfermamos.


En algún punto perdí el control de cómo interpreto la realidad, el cómo estructuro y asumo mis decisiones, mis ideas. De repente me vi superado por preocupaciones que debían (en teoría) ser muy sencillas pero muy al contrario me resultaba toda una lucha encarnizada contra mis peores miedos. La ansiedad distorsiona esa anticipación normal a lo que pueda ocurrir, nos ahoga en un temor agobiante que finalmente se traduce en un síntoma físico.


Lo más importante que debo recordar, es que mientras esté ocupado cuidando del mundo, también necesito cuidar de mí mismo. Al principio es difícil comprender que te sucede y los síntomas varían diametralmente entre las personas que la padecen. Ya sabemos que cada cabeza es un mundo no? Pues yo soy varios mundos en una cabeza.

Suena mi móvil, eres tú. El cadáver sigue tumbado, sin embargo no puedo evitar arreglarme, como si pudieses verme a través del auricular.


–Hola – dices, yo no tengo fuerzas de responderte.
–Sé que estás allí, te escucho respirar, ¿estás bien? –
–Sí, no te preocupes, no es nada – respondo con el corazón latiendo muy rápido por la impaciencia y obviamente, el miedo de que lo notes.
–Van a creer que estoy loco — balbuceo con dificultad. — No sé si…pueda explicarte… perdona.
—Podrás —me dices, y desde aquí te siento fruncir el ceño— y escúchame bien, nada de pedirnos perdón.

Jamás te mostré estas grabaciones. Quizás lo haga algún día. Aprovecharé de reunir lo que he leído de otros que también han visto, por dentro o fuera de alguien como yo. Porque somos muchos, y muy silenciosos.


No me despido
Te amo
Ilan

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