No siempre se empieza por el comienzo…

“Empezaré diciendo la verdad en lugar de empezar por el comienzo”. César Brandon Njoku

Mi verdad es que escribo cuentos desde que tengo uso de razón. Mi primer cuento fue un sueño, recuerdo despertar con la imagen vívida y me había gustado tanto que decidí escribir inmediatamente lo que había soñado. Fué un sueño fantástico, donde pasaban cosas sin sentido y en un orden un poco aleatorio. Entonces tuve una epifanía, ¿qué tal si añadía más cosas, personajes, paisajes, diálogos?… y lo que empezó como un ejercicio de memoria terminó por ser una de mis grandes pasiones.

Puedes conseguir la cita de Brandon en su libro: Toda la Felicidad del Universo

Los Reyes del Mundo

Hoy es festivo y hay que celebrar. Celebrar a quienes ven en la noche alguna estrella diferente a la demás y lo apuestan todo por seguirla conociendo que ese viaje dará sentido a su vida.

A quienes en su viaje prestan atención a los detalles más nimios de la sencillez de la existencia porque saben que les conducirán así a su más profunda humanidad.

Ellos, que llegan a su destino para practicar la solidaridad más sincera con los más vulnerables, porque es esa la mayor riqueza de este mundo.

Feliz día a todos los Reyes de este mundo.

Un secreto en Navidad

¡Riiiing!

El timbre lo sacó de un denso sopor con un sobresalto. Solía poner la tv sin sonido, así que solo permaneció allí, inmóvil, viendo sin mirar las escenas en la pantalla.

¡Riiiing!

En ese instante, elevó la vista al techo con desesperación y lamentó profundamente el no haber desconectado el timbre por la mañana. Debió haber hecho caso a su impulso de enmudecer a la exasperante cajita cuando los testigos de Jehová lo despertaron para hablarle del tal Jesús. Pero no, allí estaba, en perfecto funcionamiento y amenazando con desquiciarlo de un momento a otro si no se levantaba a abrir la puerta.

—¡Vooooy!

Al abrir la puerta le sorprendieron dos enormes ojos verdes, mirándole desde los 1.50 metros de altura a la que se encontraba su portadora, chispeantes de alegría, y acompañados por una generosa sonrisa de dientes amarillos, dignos de quien toma mucho café.

— ¡Microbino Mío! ¡Buon Natale! —exclamó la pequeña visitante, luego soltó con cuidado en el suelo un gran bolso de tela roja y tomó el rostro de Silas entre sus guantes, también rojos, para darle un par de sonoros besos en las mejillas. Al viejo Silas no le quedó otra que apretar sus ojos y dejarse hacer.

—Hola Lucre, Feliz Navidad —Silas la miró y no pudo evitar sonreír al ver que llevaba puesta una boina con una gran flor de pascua roja como sus labios. Entonces oteó rápidamente a ambos lados del pasillo, pero aparentemente, y por fortuna, la llamativa mujer había ido sola.

—Ven, pasa, pasa. Por Dios que insistente eres, ¿y acaso te has disfrazado de la señora Claus? con ese bolsón que traes… —dijo en voz baja Silas, encendió la débil luz de lamparita del recibidor y le hizo un gesto con la mano para que entrara sin dejar de atisbar afuera.

—Sabía que estabas, ¿Dónde más estarías un día como hoy?— Mirando a su alrededor, Lucrecia seguía sonriendo y balanceaba ligeramente su peso entre los talones y la punta de los pies.

—Bueno, pues solo pasaba a saludarte y aproveché para traerte unas tonterías. Ya me di cuenta de que tu ventana es la única que está sin luz en el edificio, entonces pensé que era una buena idea darle usos a éstas luces que tenía abandonadas en el trastero… por si te apetecía picar, te he traído unos pastelitos de nata y unas uvas frescas, también vino porque no pretenderás que trabajemos con sed. —Lucrecia sonrió a modo de disculpa premeditada.

—No debiste molestarte Lucre, yo ya estaba por acostarme, de verdad. Pero gracias, eres un encanto. —Silas la miraba con cariño y frotaba sus manos intentando pensar rápidamente en lo que era propio de hacer. No estaba acostumbrado a las visitas, pero Lucre se había convertido en una habitual que de vez en cuando lo sacaba de su aislamiento voluntario. Finalmente le soltó con honestidad —Escucha, te serviría una copa, pero el caso es que, ya sabes… aquí no hay copas, y además no tengo una toma cerca de la ventana para conectar las luces, lo siento.

Lucrecia se encogió de hombros restándole importancia a todo lo que Silas acababa de decir con esfuerzo. Luego tomó del suelo su bolso y le empezó a sacar cosas y a explicar un plan que él hubiese preferido no saber.

—Yo traje copas cariño mío, no te preocupes, ¿tienes una escalerita o voy por mi banquito multiuso? Debemos llamar a Marco también, es un manitas muy bueno. Puedo decirle que nos acompañe para que nos dé una mano al poner las luces ¿No te parece?

Silas suspiró profundamente en un intento por aspirar moléculas de paciencia del aire, pero enseguida entendió que detenerla iba a ser imposible, todo lo que estaba a punto de ocurrir, todo ese plan navideño que se había ideado en su cabeza era inevitable. También sabía que por su cuenta podía perfectamente poner las luces pero no quiso contrariarla y le dijo que sí, que llamara a Marco.

Silas dio un paso hacia adelante para alcanzarle el teléfono, cuando Lucrecia de golpe abrió la puerta y se abalanzó sobre la barandilla de la escalera del pasillo y miró hacia abajo.

—¡Marcoooo, babinoooo!. ¡Estoy con Silas! ¡Ven que te necesitamos per un attimo!

El grito retumbo en cada rincón del pequeño edificio. Los ojos de Silas se salían de sus órbitas incrédulos de lo que estaban presenciando.

—¡Lucre! ¡schht! ¡Calla mujer! ¡¿Qué haces?! —Silas la tomó por los hombros en un impulso por apartarla de la barandilla.

—Relájate hombre, tú no te preocupes que ya casi nadie queda en esta ratonera, todos han ido a pasar noche buena con sus familias en sitios mejores, como debe ser. —Lucre se volvió a asomar por la barandilla, de puntillas por su corta estatura, hasta que oyó el pasar de varios cerrojos y a una puerta abrirse.

Al cabo de un momento, en el primer piso se asomó una cabeza calva y con manchas de la edad sobre un cuerpo encorvado. Pronto les estaba mirando un par de gafas, tan gruesas que daba la impresión que en cualquier momento caerían de la cara demacrada del anciano mientras éste buscaba con mirada rabiosa al responsable de aquellos gritos.

—Dios mío, es el Profesor Meirson —susurró Silas — ¡rápido escóndete Lucre!

— ¿Quién es la que ha dado semejantes alaridos a estas horas de la noche? En esta comunidad las normas muy claramente establecen que en los espacios públicos no debe hacerse ruido después de las 10 pm. Esto es una falta grave que altera la tranquilidad de todos los propietarios que aquí habitamos. —el anciano al reconocer a Silas se irguió y tomó una pose valiente de quien enfrenta a un amigo inofensivo.

—Perdone usted profesor, yo me encargaré de que no se repita. Que tenga usted una buena noche y una muy Feliz Navidad.

—Invítale a tomar algo. Seguro no se resiste a un buen vaso de vino —susurró Lucrecia desde la esquina donde estaba agachada.

—Calla, que te va a escuchar — siseó Silas

—Imagino que se ha tratado de nuestra querida Lucrecia —anunció Meirson como si hablara frente a un auditorio lleno de gente. Acomodó la cinta de su albornoz, que iba a juego con sus zapatillas y agregó —Por tratarse de un día tan especial podría hacer una pequeña excepción y aceptar compartir con vosotros un poco de una bandeja de jamón que justo me disponía a disfrutar con la Suite op 71a del Cascanueces de Tchaikovsky.

—Oh es usted muy amable, y bienvenido a mi casa por supuesto — Silas dijo esto con una extraña especie de reverencia y vió entrar de nuevo al profesor a su piso.

—¡Pero si tu detestas el jamón! —dijo entre dientes Lucrecia.

—Tú misma me has dicho que le invitase, ¿quién te entiende?

El abrir de otra puerta en el tercer piso le interrumpió. El ambiente se llenó del sonido de lo que parecían un centenar de campanitas diminutas. Con expresión consternada, una bella joven morena se asomó al círculo central que formaban las barandillas de las escaleras. La chica lucía una figura muy delgada bajo un precioso sari color rosa y burdeos.

— ¿Está todo bien? —Preguntó la dulce voz de la joven al espacio vacío en el centro de las escaleras —¡Oh! eres tú Silas, buenas noches ¿Quién ha gritado?¿Cómo estás?

—Pues yo bien, ya ves —le respondió torneando los ojos hacia la pequeña Lucrecia ya inclinada de nuevo sobre la barandilla de madera.

—¡Oh es Pra!, hola querida, ¿Qué tal estás? ¿Cómo está Navil? —dijo Lucrecia dando un saltito de entusiasmo al ver a la joven e ignorando completamente al ceñudo Silas.

—Navil está dormido, o estaba, mejor dicho, Por Vishnú Lucre, que casi nos matas de un susto. ¿Qué hacéis aquí afuera?

—Estamos bien cariño, no te preocupes. He sido yo quien llamaba a Marco, es que lo necesitamos de manitas para poner unas luces de navidad en la ventana de Silas.

—¿Marco? ¿Luces de navidad? Vaya, y yo que no te hacia un hombre de ese tipo de ornamentos ja ja ja—respondió ya relajada la bella Prakriti apoyándose de la desconchada barandilla para observarlos mejor tan solo un piso por encima de ella.

—Ya, pues ya te digo, a Lucrecia es mejor no discutirle —Añadió un sonreído Silas—Me va mejor así. Pronto se aburrirá y se irá. Espero.

— ¿Irme? ¿Yo? ¿Y dejarte solo allí con toda esa alegría que derrocha tu piso ahora mismo? ¡Qué va! Ni a mi minino Rocco que es un alma agria le haría yo eso.

Los tres rieron a carcajadas la ocurrencia de Lucrecia hasta que se escuchó que se abría la puerta en lo más alto del edificio. Los tres se incorporaron firmes y miraron hacia el ático. Un hombre rubio, muy pálido y alto se asomó por la barandilla al salir del único apartamento que había en el último nivel. El corpulento hombre tendría unos sesenta años, vestía un jersey negro con un reno al que le parpadeaba una luz ámbar en la nariz, que contrastaba con su expresión severa. En su mano llevaba una diminuta mochila de cuero marrón.

—¿Alguien necesita manitas? Yo soy Misha y soy dispuesto a ayudar.

Todos los de abajo se miraron entre si atónitos y Silas se apresuró a susurrarles desgarrando la voz en un esfuerzo para que también escuchara Prakriti.

—Misha, es veterano de guerra. Siempre pasa noche buena en el bar de la calle Gales hasta que lo sacan a patadas ebrio como una cuba. Dicen que le tiene terror a los fuegos artificiales por un postrauma estresante o algo así.

—Estrés postraumático —susurró Lucrecia.

—Eso, vamos, que el pobre está un poco tocado ya saben. Mejor es no molestarle. —Silas carraspeó y tragó, luego se dirigió al gigante eslavo con el tono más amable que los nervios le permitieron.

—Muchísimas gracias amigo Misha, pero ya nos la arreglaremos con lo que tenemos, sinceramente no queremos importunarlo.

—Yo insistir —al inclinarse sobre la barandilla, el suelo bajo los pies de Misha se quejó soltando una nubesilla de polvo.

—¡Ay! pobre alma solitaria, miradle —dijo Lucrecia alternando miradas entre Silas y el enorme forastero —Venga grandullón, te aceptamos la ayuda con dos condiciones, nada de sacar armas ni de dar sustos a los asistentes. A cambio solo puedo ofrecerte un vasito pequeño de vino y pastelitos… y unas pocas uvas, sí.

Misha gruñó— Yo no tengo armas y llevaré mi propia bebida, gracias.

—Cuidado mujer, que las hostias están para mi —susurró Silas poniendo una mano en el hombro de Lucrecia.

—Bueeeno, está bien. Pero serás el asistente de Marco, estarás bajo sus órdenes.

—¿Quién demonios es Marco?— Ambas manos del rubio se apoyaron en la barandilla arrancándole un chirrido que echó al trío cuatro pisos más abajo hacia atrás.

—Mejor baja camarada, que es una historia larga. —añadió con tono resignado Silas.

—Esperen un momento por favor— interrumpió la dulce Pra con una sonrisa enigmática— para nosotros los hindús hoy es un día corriente pero yo sé que para vosotros es una fecha especial, así que os daré un biscocho que he preparado esta tarde. Tiene frutos secos y dátiles. Espero os guste.

–Oh no, no, no es necesario —se apresuró a decir Silas.

—Pero si gustas puedes acompañarnos —le interrumpió Lucrecia sonreída también— el profesor ya se nos une y va a traer algo para picar aparte de lo que ya tenemos nosotros. Además del gigantón que debe traer hambre. Sí le dices a Navil, seríamos un perfecto sexteto navideño, o dos tríos.

—No, no, no. De cantar nada, yo paso —dijo Silas sacudiendo las manos y caminando hacia la puerta de su piso.

—Ja ja ja, pues ya no podremos decir que eres un aguafiestas porque tendrás tus luces. Yo sí puedo acompañarte Lucre y no tenéis que darme nada a cambio, os lo llevo ahora mismo que está aún tibio.

—Gracias querida Pra, y no te olvides de traer a Navil, no importa lo que te diga.

—Misha cantaba en el coro de la iglesia, era barítono.

—Vale ven cariño, canta para nosotros mientras sirvo los pastelitos —dijo Lucrecia mientras esperaba paciente que la espalda del gran Misha se abriera paso por la estrecha escalera.

Ya sentados en el salón de Silas, comían los pastelitos dispuestos por Lucrecia. Silas se disponía a servir el vino cuando volvió a sonar el timbre haciendo saltar a Silas y a Misha.

–Madre mía, como estamos de los nervios ¿eh? Debe ser Marco, no te preocupes. —le dijo Lucrecia a Misha dando unas palmaditas en su enorme hombro.

Eran el profesor Meirson, Prakriti y Navil, los tres aún jadeando por haber subido por las escaleras.

Prakriti llevaba el mismo sari pero había trenzado sus largos cabellos negros. La acompañaba un tímido pero sonreído joven regordete, vestido completamente de negro.

El profesor por su parte estaba vestido con un fino traje de seda azul marino, una camisa blanca y corbata roja rubí. Traía sus manos ocupadas con la bandeja de jamón y un clavel blanco a medio marchitar.

—Muy buenas noches —dijo con una solemnidad que resultaba ridícula entre tanto jadeo.

—¡Hala! vaya pinta la del profesor, por favor siéntese y le sirvo una copa. Le apetecen pastelitos, un poco del biscocho de Pra o de ese jamón suyo, quizás unas uvas…

—No estimada, gracias, es usted muy amable. Por ahora con el vino es suficiente. Tenga esta flor, es para usted, como simbolo de disculpa por mi rudeza de hace unos momentos. Verá usted, no suelo ser tan ogro con las damas…

—Ya, ya… no diga más nada que nos dormimos todos, madre mía. Vamos a animarnos, si queréis cantamos o vamos al grano y nos a ponemos manos a la obra con las luces, que luego nos pasamos con el vino y nos quedan torcidas. Podemos ir adelantando mientras mi Marco llega, tan impuntual como siempre.

—Misha se conoce El tamborilero —dijo el animado gigante con un pastelito en la mano

—Yo propongo algo más acorde a la ocasión, podemos cantar el himno Adestes Fideles por ejemplo —dijo el profesor mientras intentaba aflojar el nudo de su corbata con los dedos

—Pues el tambolirero será —sentenció Lucrecia dando un pequeño codazo a Silas que inspeccionaba la ventana del salón sacando la cabeza.

—Conmigo no cuentes, ya dije. Necesitamos conectar las luces por fuera del edificio. Podemos llevarlas hasta la ventana de Misha que queda justo arriba, pero las luces no llegan tan lejos necesitamos una extensión.

—Yo tengo varias —dijo Navil mientras se lanzaba uvas a la boca— Necesitarás una larga, creo tener una de diez metros. Ahora mismo regreso con ella.

—Pues la solución ha sido más fácil de lo que pensaba, —dijo Misha mirando la ventana en cuestión.

—Yo opino que es importante revisar si existe algún desperfecto antes de conectarla a la red eléctrica del edificio. —dijo el profesor oliendo su copa de vino, sentado con las piernas cruzadas— Una sobrecarga podría ocasionar un cortocircuito que haría que terminemos todos calcinados por la mañana seguramente. Los incendios en estas fiestas, de acuerdo a las estadísticas, son la principal causa de muerte, después de los infartos y demás accidentes vasculares.

—También están los asesinatos de “sabelotodos” —masculló Lucrecia entre las uvas que devoraba.

Mientras Navil buscaba la extensión que necesitaban, todos cantaron el Tamborilero. Por puesto, todos menos Silas, que miraba con una media sonrisa toda la escena:

Lucrecia se abrazaba al enorme brazo de Misha mientras ambos se balanceaban al compás del ro pom pom pom. El profesor sujetaba del brazo a una sonreída Prakriti y entonaba con gran concentración y los ojos cerrados.

Para cuando había terminado la canción Navil ya le había entregado la extensión a Misha para que subiera al ático, la conectara y la lanzara por fuera del edificio. El extremo de la extensión llegó por el aire hasta las manos de Silas y éste hizo un gesto a Lucrecia que vino corriendo hacia él. Al unir las dos tomas, toda la ventana y los rostros de ambos se iluminaron con un halo titilante de luz dorada.

Silas dió un pequeño paso adelante y dijo con voz profunda—Honestamente no sé como agradecerles a todos que se hayan tomado tantas molestias por unas luces que si bien es cierto, parece una tontería, al ver como encienden la alegría de mi querida Lucre hace que todo merezca la pena. De verdad gracias.

—Oh pero es que de verdad que sois unos ángeles, gracias a ustedes hemos podido tener una pequeña navidad aquí. Como una pequeña y muy extraña familia. —dijo Lucrecia abriendo los brazos en señal de un gran abrazo del que Misha logró escapar.

Misha se detuvo junto a Silas y le dijo en voz baja:

—Dime amigo Silas, ¿Quién es Marco? Ese manitas que venía — Misha dió un sorbo a un botellín de ginebra que sacó de un bolsillo de sus vaqueros mientras ambos miraban el abrazo grupal y las palabras de cariño que les decía Lucrecia a todos.

—Pues ese es un secreto Misha, solo lo sabe el profesor, Pra y ahora tú —Dijo Silas en voz baja, cubriéndose con el gigante para que Lucre no le oyera— Marco en realidad no existe. Marco soy yo. Lucrecia desde hace algún tiempo se crea esos personajes en su imaginación, es como si me hubiese cortado en varios pedazos y los invoca según necesite. A veces soy Marco el manitas, otras Gino el cocinero, o Silvano el poeta.

—¡Blin! ¿Y tú? Digo, ¿Quién es Silas para ella?

—Lo que he sido siempre. Su “Microbino” el que necesita ser rescatado de su vida ermitaña.

—¿Eso quiere decir que siempre has podido arreglar lo de las luces por tu cuenta? digo, como Marco que eres.

—Así es.

—¿Y por qué no lo has hecho? Me ha gustado ayudar, pero no entiendo…

—Porque Lucre necesita esto, a ustedes compartiendo sus cosas. Yo no, pero ella sí. Es noche buena y de eso se trata ¿no? Marco se ha encargado de arreglar la instalación y de reunirlos a todos para ella a pesar de que ninguno de vosotros en realidad planeara estar aquí.

—Pues, no digas más amigo, no te preocupes, tu secreto estará a salvo por siempre conmigo.

Soy yo

Soy esa que va silbando mientras camina en la calle, la que balancea el pie derecho con las piernas cruzadas en el bus. La que sin querer te cortó el paso para tomarle una inexplicable foto al cielo. Quien sorpresivamente te sonrie para saludar a tu perrito… A todos ustedes que se han topado conmigo: Lo siento.

El bastón y el paraguas

Mientras iba cayendo mi vida no pasó frente a mis ojos. De hecho, no pasó nada, ni por mis ojos ni por mi mente. Solo caí, y escuché el recurrente crepitar de mi cráneo contra los escalones de ese maldito monstruo mecánico…

El silbido de la tetera me rescata de mi cabezada a las siete menos diez. Ya he regado la plantita de la mesa de desayuno, es mi único recuerdo de Florencia, ya casi no recuerdo su rostro, pero sí que recuerdo su silueta de pie, justo allí, cuando la regaba. Hoy plantita tiene semblante alegre, debe ser por la luz de primavera que ya tímidamente le calienta las hojas, tan pequeñitas. Es una suerte que cambien de color para indicarme que necesita agua o sol, de lo contrario lo olvidaría por completo. También Florencia me recordaba las cosas, quizás soy testigo de una reencarnación vegetal.

No me apetece tomar nada ya, no me haré el té, tampoco comeré estas galletas rancias. Me da igual. Ésta inapetencia se ha instalado en mí desde que murió mi Flore. Desde entonces solo engullo lo mínimo indispensable para no morir de mengua, y para respetar las horas que formaban parte de nuestra rutina. Eso, y los colores de plantita, son las únicas cosas que me quedan de ella.

Me levanto de la silla con el esperado crujir generalizado del cuerpo. Estoy cansado, siempre estoy cansado. Sin embargo hoy debo dejar de lado toda esa tontería indulgente porque tengo que resolver de una vez por todas este mal entendido con Antonio. Pienso yo que se ha enfadado conmigo, ya no responde mis llamadas ni los mensajes. Ya no puedo disfrutar de las niñas, ni de las charlas en su salita cálida, porque ya no me abre la puerta cuando llamo, ni se asoma por la ventana tan siquiera.

Hoy, dentro de una hora más o menos, irá seguramente al Bar de Vila, como todo los miércoles, y allí le veré personalmente. Es lo más adecuado creo, le plantaré cara en un sitio público donde no pueda esconderse de mí. Tampoco es que tenga ganas de reñirle, sin embargo, no seré leve, me ha descolocado su falta de atención hacia mí. Los hombres no andamos con esas sandeces de quitar el habla o ignorarnos, si algo he hecho para ofenderle es su deber decírmelo, aunque sea por ser su padre hace ya más de 50 años.

Acabo de salir por la puerta y ya he olvidado si pasé el cerrojo, así está mi cabeza, madre mía! Verifico si gira el pomo de la puerta y no se mueve. Cerrada.

–¡Jod…! ¡El bastón! ¡he olvidado el bastón! Regreso y allí está, se burla de mí el muy desgraciado, escondido entre los paraguas. Lo cojo frustrado pero enseguida no puedo evitar esbozar una medio sonrisa al ver el paraguas de Flore, ese de rayas blancas y azules, el mismo con el que disimulaba no necesitar bastón, aún en los días más secos del verano.

De repente, la vecina abre su puerta y como siempre, me ignora, o no se entera, no lo sé. Lo que sí sé es que es sorda como una tapia y supongo que también un poco ciega. Me hace gracia, somos los vecinos perfectos, ella no me escucha por sordera y yo por aburrimiento.

–¿A donde iba? Ah sí, al bar de Vila.

En poco tiempo llego al bar, a pesar de estar tan cansado lo he conseguido. Para mí sorpresa está cerrado. Hay un cartel colgado en la entrada «Cerramos por Duelo». Ya le tengo dicho tantas veces al tonto de Vilariño que si va a cerrar cada vez que un viejo de nosotros se muere, va a vivir con el bar cerrado y en pérdida, por supuesto. Pero no escucha, nadie me escucha.

No había querido ir a casa de Antonio, ese hijo mío, es un testarudo orgulloso como yo, y no me deja otra opción. Aquí me ven, en la estación de buses para tomar el primero que me lleve a las afueras. Nada más diré que me arrepiento con cada paso que doy hacia esas puñeteras escaleras.

–¿Que le diré? ¿Qué me dirá? ¿Acaso el tiempo que ha pasado ha sido suficiente? ¿Me merezco esto después de haberle dado todo lo que ha pedido? Por eso le había dicho tantas veces a Flor que no le hiciera tan blando. Porque Tony es una versión mía, pero sin carácter, y un hombre sin carácter es mucho peor que una mujer sin virtud.

Y allí está el tonto de Tony, sentado como siempre en la salita. No estoy seguro si observa las fotos en la repisa de la chimenea, o simplemente divaga en algún lejano lugar de su imaginación.

Me armo de valor y me siento a su lado, pero tal como lo esperaba me ignora. Bien, iré al grano.

–He venido a hablarte sobre tu madre. Sé que estás enfadado conmigo por no haberte dado su carta. Lo olvidé, te lo juro por lo más sagrado. Y cuando lo recordé, te llamé inmediatamente. Te he llamado cientos de veces, pero tu pedazo de orgullo no te deja pensar ¿eh?. ¡¿Qué esperabas?! Yo también sufro su pérdida, no tengo cabeza para pensar en otra cosa, y mucho menos en esa carta. Toma, aquí está. Te la dejo para que la leas y se termine de un a vez este drama que has montado. Yo ya estoy demasiado viejo para esto.

Silencio.

Al cabo de un rato, por respuesta solo recibo de vuelta una pregunta.

–¿Por qué?

–¿Cómo que porqué? ¿Por qué, qué? ¿No has oído, todo lo que acabo de decir?

No responde. Ahora se levanta sin mirarme y se marcha hacia la cocina. Tengo el impulso de seguirle, pero es inútil. Siempre quiso a su madre más que a mí, eso nunca cambiará. Entonces no me queda más que marcharme, supongo. No puedo creer que todo acabe así entre nosotros, me duele, me hace daño y no le importa.

–¡¿Dónde habré dejado ahora mi bastón?! ¡¿pero será posible que lo deje olvidado todo el rato?! Ah, allí estás, apoyado en el sillón de la entrada, burlándote de nuevo. También hay ropa allí, es curioso, parece… es mi chaqueta. Pero… ¿qué hace aquí? ¿será posible?

De repente, recuerdo que para cuando llegué a las escaleras de la estación, pude presentir de algún modo que la caída significaría el fin de esta historia mía. Y no, no sentí paz, ni una mierda semejante. No pensé en Flore, ni en mi madre, ni en mi vida, tampoco en Tony. Simplemente me sentí solo, sentí que no viviría ningún otro momento después de ese instante, cuando llegase el último golpe… Y llegó.

Miss Algrave

Este cuento es de la escritora Ukraniana-Basilera de origen judío, Clarice Lispector.

 

Estaba sujeta a juicio. Por eso no le contó nada a nadie. Si lo contara, no creerían en la realidad. Pero ella, que vivía en Londres, donde los fantasmas existen en las callejuelas oscuras, sabía la verdad.

El viernes, su día, había sido igual a los demás. Únicamente sucedió el sábado por la noche. Pero el viernes hizo todo igual como siempre. Aunque la atormentaba un recuerdo horrible: cuando era pequeña, más o menos a los siete años de edad, jugaba al marido y a la esposa con su primo Jack, en la cama grande de la abuela. Y ambos hacían todo para tener hijitos sin lograrlo. Nunca más volvió a ver a Jack ni quería verlo. Si era culpable, él también lo era.

Soltera, queda claro; virgen, también. Vivía sola en una buhardilla en Soho. Ese día había hecho sus compras de comida: legumbres y frutas. Porque comer carne lo consideraba pecado. Cuando pasaba por Picadilly Circus y veía a las mujeres esperando a los hombres en las esquinas, sólo le faltaba vomitar. ¡Además por dinero! Era demasiado para soportarlo. Y esa estatua de Eros, ahí, indecente.

Después del almuerzo fue al trabajo: era una mecanógrafa perfecta. Su jefe nunca la miraba y afortunadamente la trataba con respeto, llamándola Miss Algrave. Su nombre de pila era Ruth. Y descendía de irlandeses. Era pelirroja, usaba los cabellos recogidos sobre la nuca en un severo moño. Tenía muchas pecas y la piel tan clara y fina que parecía de seda blanca. Las cejas y pestañas también eran pelirrojas. Era una mujer bonita. Se sentía muy orgullosa de su físico: bien formada de cuerpo y alta. Pero nunca alguien le había tocado los senos.

Acostumbraba cenar en un restaurante barato en el mismo Soho. Comía macarrones con salsa de tomate. Nunca había entrado en un pub: cuando pasaba frente a uno, el olor a alcohol le causaba náuseas. Se sentía ofendida por la humanidad.

Cultivaba geranios rojos que eran un deleite en la primavera. Su papá había sido pastor protestante y la mamá vivía aún en Dublín con el hijo casado. Su hermano estaba casado con una verdadera perra llamada Tootzi. De vez en cuando Miss Algrave escribía una carta de protesta al Time. Y ellos la publicaban. Veía con mucho gusto su nombre: atentamente, Ruth Algrave.

Se bañaba únicamente una vez por semana, el sábado. Para no ver su cuerpo desnudo, no se quitaba ni las bragas ni el sostén. El día que sucedió era sábado y, por tanto, no era día de trabajo. Se despertó muy temprano y tomó té de jazmín. Después rezó. Luego salió a tomar el fresco. Cerca del hotel Savoy casi la atropellan. Si eso hubiera sucedido y hubiera muerto, habría sido horrible porque nada le habría acontecido en la noche.

Fue al ensayo de canto coral. Tenía una voz maravillosa. Sí, era una persona privilegiada. Después fue a almorzar y se permitió comer gambas: estaban tan buenas que hasta parecían pescado. Entonces se dirigió a Hyde Park y se sentó en el césped. Había llevado la Biblia para leer. Pero —que Dios la perdonara— el sol estaba tan guerrillero, tan bueno, tan cálido, que no leyó nada, permaneció únicamente sentada en el suelo sin tener el valor para acostarse. Procuró no mirar a las parejas que se besaban y se acariciaban sin la menor vergüenza.

Luego regresó a la casa, regó las begonias y se bañó. Entonces visitó a Mrs. Cabot, que tenía noventa y siete años. Le llevó una rebanada de pastel con pasas y tomaron té. Miss Algrave se sentía muy feliz, aunque… Entonces se puso a tejer un suéter para el invierno. De un color esplendoroso: amarillo como el sol. A las siete volvió a casa. Antes de dormir, tomó más té de jazmín con galletas, se cepilló los dientes, se cambió de ropa y se metió a la cama. Sus cortinas de chifón, ella misma las había hecho y las había colgado. Era mayo. Las cortinas se balanceaban con la brisa de esa noche tan singular. ¿Singular por qué? No lo sabía.

Leyó un poco el periódico matutino y apagó la luz de la cabecera. A través de la ventana abierta veía el resplandor lunar. Era noche de luna llena.

Suspiró mucho porque era difícil vivir sola. La soledad la oprimía. Era terrible no tener una sola persona con quien conversar. Era la criatura más solitaria que conocía. Hasta Mrs. Cabot tenía un gato. Ruth Algrave no tenía un solo animal: eran demasiado bestiales para su gusto. No tenía televisión por dos motivos: le faltaba dinero y no quería permanecer viendo las inmoralidades que aparecían en la pantalla.

En la televisión de Mrs. Cabot había visto a un hombre besando a una mujer en la boca. Y eso sin hablar del peligro de la transmisión de microbios. ¡Ah! Si pudiera, escribiría todos los días una carta de protesta al Time. Pero, por lo visto, de nada serviría protestar. La falta de vergüenza estaba en el ambiente. Hasta ya había visto un perro haciéndolo con una perra. Quedó impresionada. Pero si Dios así lo quería, pues entonces que así sucediera. Pero nadie la tocaría jamás, pensó. Permanecía soportando la soledad.

Hasta los niños eran inmorales. Los evitaba. Y lamentaba mucho haber nacido de la incontinencia de su padre y de su madre. Sentía vergüenza de que ellos no hubieran tenido pudor. Como dejaba granos de arroz en la ventana, los palomos venían a visitarla. A veces entraban en la habitación. Eran enviados por Dios. Tan inocentes. Arrullando. Pero era medio inmoral su arrullo, aunque menos que ver una mujer casi desnuda en la televisión. Mañana sin falta escribiría una carta, protestando contra las malas costumbres de esa maldita ciudad que era Londres. Una vez, llegó a ver una fila de viciosos junto a la farmacia, esperando su turno para que les aplicaran la dosis. ¿Cómo es que la Reina permitía eso? Misterio. Escribiría otra carta denunciando a la propia Reina.

Escribía bien, sin errores gramaticales y escribía las cartas en la máquina de la oficina cuando tenía un momento de descanso. Mr. Clairson, su jefe, elogiaba mucho sus cartas publicadas. Hasta le había dicho que ella, algún día, podría llegar a ser escritora. Se sintió muy orgullosa y se lo agradeció mucho. Estaba así acostada en la cama con su soledad. Pensando.

Fue entonces cuando sucedió.

Sintió que por la ventana entraba una cosa que no era una paloma. Tuvo miedo. Habló muy fuerte:

—¿Quién es?

Y la respuesta llegó en forma de viento:

—Yo soy un yo.

—¿Quién es usted? —preguntó trémula.

—Vine de Saturno para amarte.

—¡Pero yo no estoy viendo a nadie! —gritó.

—Lo que importa es que tú me estás sintiendo.

Y lo sentía realmente. Tuvo un estremecimiento electrónico.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó con miedo.

—Poco importa.

—¡Pero quiero llamarlo por su nombre!

—Llámame Ixtlan.

Ellos se entendían en sánscrito. Su contacto era frío como el de una lagartija, tenía escalofríos. Ixtlan portaba sobre la cabeza una corona de culebras entrelazadas, mansas por el terror de poder morir.

El manto que cubría su cuerpo era del más resignado color morado, era oro barato y púrpura coagulada.

Él dijo:

—Quítate la ropa.

Ella se quitó el camisón de dormir. La luna estaba enorme dentro del cuarto. Ixtlan era blanco y pequeño. Se acostó a su lado en la cama de hierro. Y pasó las manos por sus senos. Rosas negras. Nunca había sentido lo que sintió. Era demasiado rico. Tenía miedo de que acabara. Era como si un lisiado arrojara al aire su bastón.

Empezó a suspirar y se dirigió a Ixtlan:

—¡Yo te amo, mi amor! ¡Mi gran amor! —y pues sí, así sucedió.

Ella quería que no se acabara nunca. Fue tan rico, Dios mío. Tenía ganas de más, más y más. Ella pensaba: ¡acéptame!

O entonces: «Yo me ofrezco». Era el dominio del «aquí y ahora». Le preguntó: ¿cuándo vuelves?

Ixtlan le respondió:

—La próxima luna llena.

—¡Pero yo no puedo esperar tanto!

—Es el chiste —dijo él, hasta de una manera fría.

—¿Voy a quedar esperando un bebé?

—No.

—Pero ¡te voy a extrañar mucho! ¿Cómo hago?

—Úsate.

Él se levantó, la besó castamente en la frente. Y salió por la ventana. Empezó a llorar bajito. Parecía un triste violín sin arco. La prueba de que todo eso había sucedido realmente era la sábana manchada de sangre. La guardó sin lavarla y podría mostrarla a quien no la creyera.

Vio que nacía la madrugada toda color de rosa. En la bruma, los primeros pajaritos empezaban sus trinos con dulzura, aún sin alborozo.

Dios iluminaba su cuerpo. Pero como una baronesa Von Blich, nostálgicamente recostada en el dosel de satín de su lecho, fingió tocar la campanilla para llamar al mayordomo, quien le traería café caliente, fuerte, fuerte.

Ella lo amaba e iba a esperar ardientemente hasta la nueva luna llena. No quiso bañarse para no quitarse el sabor de Ixtlan. Con él no había sido pecado pero sí un deleite. No quería ya escribir ninguna carta de protesta: ya no protestaría. Y no fue a la iglesia. Era una mujer realizada. Tenía marido. El domingo, entonces, a la hora del almuerzo, comió un filete miñón con puré de patata. La carne roja era excelente. Y tomó vino tinto italiano. Era realmente privilegiada. Había sido escogida por un ser de Saturno.

Le había preguntado por qué la había escogido. Él le dijo que por ser pelirroja y virgen. ¡Se sentía fenomenal! No tenía ya asco de los animales. Que éstos se amaran era lo mejor del mundo. Y ella esperaría a Ixtlan. Él volvería: lo sé, lo sé, lo sé, pensaba ella. Tampoco experimentaba ya repulsión por las parejas de Hyde Park. Sabía lo que ellos sentían. Qué bueno era vivir. Qué bueno era comer carne roja. Qué bueno era tomar vino italiano bien astringente, medio amargando y restringiendo la lengua.

Era ahora impropia para menores de dieciocho años. Y se deleitaba, se regocijaba de gusto en ello. Como era domingo, fue al canto coral. Cantó mejor que nunca y no se sorprendió cuando la escogieron como solista. Cantó su aleluya. Así: ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!

Después fue a Hyde Park y se acostó en el césped cálido, abrió un poco las piernas para que el sol entrara. Ser mujer era algo soberbio. Sólo quien era mujer lo sabía. Pero pensó: ¿será que tendré que pagar un precio muy alto por mi felicidad? No le importunaba. Pagaría todo lo que tuviera que pagar. Siempre había pagado y siempre había sido infeliz. Y ahora se había acabado la infelicidad.

¡Ixtlan! ¡Vuelve inmediatamente! ¡Ya no puedo esperar! ¡Ven! ¡Ven! ¡Ven! Pensó: ¿será que le gusté porque soy un poco estrábica? La próxima luna llena le preguntaría. Si fuera por eso, no tendría duda: forzaría la mano y se volvería completamente bizca. Ixtlan, todo lo que quieras que yo haga, lo hago. Sólo que lo extrañaba muchísimo. Vuelve, my love. Sí. Pero hizo una cosa que era traición. Ixtlan la comprendería y la perdonaría. A fin de cuentas, la persona tenía que darse una ayuda, ¿no es así?

Ocurrió lo siguiente: al no aguantar más, se encaminó hacia Picadilly Circle y se aproximó a un hombre velludo. Lo llevó a su habitación. Le dijo que no necesitaba pagar. Pero él impuso su decisión y antes de irse le dejó en su escritorio una libra completa. Bien que ella necesitaba el dinero. Quedó furiosa, no obstante, cuando él no quiso creer su historia. Le mostró, casi en sus narices, la sábana manchada de sangre. Se rió de ella.

El lunes por la mañana se decidió: ya no trabajaría como mecanógrafa, tenía otros dones. Mr. Clairson que se fuera a la porra. Iría a quedarse en las calles y llevar hombres a su cuarto. Como era buena en la cama, le pagarían muy bien. Podría beber vino italiano todos los días. Tenía ganas de comprarse un vestido muy rojo con el dinero que el velludo le había dejado. Se había soltado los densos cabellos que por lo pelirrojo eran una belleza. Parecía un clamor.

Había aprendido que valía mucho. Si Mr. Clairson, el fingido, quisiera que ella trabajara para él, tendría que ser de otro modo mejor. Primero compraría el vestido rojo escotado y después iría a la oficina llegando a propósito, por primera vez en su vida, muy retrasada. Y hablaría así con el jefe: «¡Basta de mecanografía! ¡Usted no me venga con otro de sus fingimientos! ¿Quiere saber una cosa? ¡Acuéstese conmigo en la cama, desgraciado!, y además: ¡Págueme un buen salario mensual, imbécil!».

Tenía la certeza de que él aceptaría. Estaba casado con una mujer pálida e insignificante, Joan, y tenía una hija anémica, Lucy. «Lo vas a disfrutar conmigo, hijo de perra.» Y cuando llegara la nueva luna llena, se daría un baño para purificarse de todos los hombres y estaría lista para el festín con Ixtlan.

El caballero envenenado

—1, 2 y 3…

—Sí, tienes tres años… Ahora vamos a contar la historia del caballero y la princesa.

—El caballero y la princesa murieron.

—¿Cómo que murieron? Esa no es manera de comenzar un cuento.

—¡¿No?!

—¿Qué sucedió? ¿Qué hizo el caballero?

—¡Matar al dragón!

—Ah, y ¿qué logró con eso? ¿Salvó a la princesa?

—¡Sí!

—¿Y qué le dijo la princesa?

—¡Que matara!

—¿Al dragón?

—¡Si!

—¿Y le dio las gracias?

—¡Sí!

—¿Y luego?

—¡Murieron!

La princesa había sido envenenada y después de tan fantástica lucha le dijo: «Gracias caballero, un besito».

Funes el memorioso

“Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso”

El cuento de Funes el memorioso aparece en el libro Ficciones de Jorge Luis Borges, publicado en 1944.

Este cuento siempre viene a mi memoria cuando leo sobre Borges por dos particulares razones; el hecho de que Funes es el apellido de mi abuelo, y porque a través del personaje principal Borges nos lleva a viaje sensorial mucho más complejo que un simple recuerdo guardado en la memoria superlativa de Irineo Funes.

El pasado sábado 24 de agosto se cmplieron 150 años del nacimiento de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo. Con este cuento quiero rendirle un pequeño homenaje.

Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan.

Jorge Luis Borges

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. 

Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre.

Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887… Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo—. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, «un Zarathustra cimarrón y vernáculo»; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.

Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco.

Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: «¿Qué horas son, Ireneo?». Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: «Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco».

La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.

Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O’Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto.

Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el «cronométrico Funes». 

Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado… Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, «del día 7 de febrero del año 84», ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, «había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó», y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario «para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín». Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.

El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba «nada bien». Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El «Saturno» zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día. En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn.

Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.

Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños.

Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: «Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo». Y también: «Mis sueños son como la vigilia de ustedes». Y también, hacia el alba: «Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras». Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele.

Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo.

Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas… Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los «números» El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.

Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir.

Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente. Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.

Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles. Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.