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No siempre se empieza por el comienzo…

“Empezaré diciendo la verdad en lugar de empezar por el comienzo”. César Brandon Njoku

Mi verdad es que escribo cuentos desde que tengo uso de razón. Mi primer cuento fue un sueño, recuerdo despertar con la imagen vívida y me había gustado tanto que decidí escribir inmediatamente lo que había soñado. Fué un sueño fantástico, donde pasaban cosas sin sentido y en un orden un poco aleatorio. Entonces tuve una epifanía, ¿qué tal si añadía más cosas, personajes, paisajes, diálogos?… y lo que empezó como un ejercicio de memoria terminó por ser una de mis grandes pasiones.

Puedes conseguir la cita de Brandon en su libro: Toda la Felicidad del Universo

Ojalá

Una luz cegadora abrasó mis pupilas cuando abrí mis ojos. Y por si eso hubiese sido poco, una ráfaga de aire con polvo y arena golpeó mi rostro. Toda la suciedad se pegó de mis pestañas, sedienta de la poca humedad que quedaba en ellas. Traté de incorporarme, pero un dolor agudo en mi costado izquierdo amenazó con hacerme perder el sentido de nuevo. Así que me quedé como estaba, boca abajo, con el pecho contra el suelo ardiente. Como un soldado agazapado en una trinchera imaginaria.
Inevitablemente esa posición hacía que aspirara la tierra arcillosa y reseca que mi propia respiración levantaba, para después mezclarse con un sabor metálico que reconocía en mi boca, mi propia sangre.
«No he muerto» pensé. «Dios me ayude ahora, debo buscar un refugio si pretendo seguir con vida. Pero primero, tendré que concentrarme en cada fibra de mi cuerpo para poder levantarme». Y así lo hice, pero tardé una eternidad en solo girarme boca arriba. Al menos conseguí respirar mejor. «Descansaré un poco antes de seguir intentando».

El viento siseaba sin cesar en mis oídos, recordándome que estaba solo. Solo me acompañaban un par de moscas que sobrevolaban mi rostro haciendo cosquillas en mi nariz y mi boca. «Deben estar indagando si soy buen candidato para ser su próximo nido de larvas».
Cuando finalmente sentí que ya tenía fuerzas suficientes para intentar levantarme, el suelo crujió detrás de mí y una sombra se posó sobre mi cabeza. Resultó todo un alivio que el sol dejara de golpearme en la cara pero a la vez experimenté un choque de adrenalina que llevó toda la sangre a mi cabeza, al darme cuenta de que no se trataba de alguna nube, sino de una silueta, de alguien.
—Maldita sea mi suerte. –exclamé.
La silueta no respondió, se mantuvo quieta. Era una persona delgada, alta, de cabellos largos. Una mujer quizás. De pie sobre mí, creo que me miraba, sus cabellos ondulaban en el aire, muy lentamente, casi como si estuviesen suspendidos en agua. Apreté mis ojos para tratar de enfocar su rostro, pero estaba borroso y oscuro, con un gran halo de luz incandescente rodeando su cabeza gracias a que tenía el sol detrás. En ese momento pude haber jurado que se trataba de una aparición.
Traté de incorporarme de nuevo con todas mis fuerzas pero solo obtuve por respuesta un dolor intenso en mi pierna derecha que me hizo lanzar un grito al cielo, a la silueta y a quien estuviese por lo menos a 500 metros a la redonda.
—¡¡¡Aaaaargh!!!
El aire empezó a faltarme y me saltaron las lágrimas. Pero aquella silueta no se inmutó. Eso me enfureció y empecé a gritarle directamente.
—¡¿Qué demonios estás mirando?! ¡¿Quién eres?! ¡¿Qué quieres?! ¡¿Acaso no ves que no tengo nada que darte?!
La silueta tampoco respondió a mis preguntas. En cambio, afianzó ambos pies al suelo abriendo un poco las piernas, se inclinó hacia mí un par de veces, como si me estuviese escaneando todo el cuerpo y a la vez me olfateara. Luego, se quedó otra vez inmóvil y me habló. Su voz era lenta, áspera y grave, como si no hubiese hablado en décadas. No poseía ningún tono en particular que me diera pistas de cómo iba a terminar esa conversación.


— ¿Esperas a alguien? –dijo finalmente.
«Definitivamente es una mujer» pensé y luego mi voz interior me apuntó: «Eso no es necesariamente bueno»
—No, en realidad no. O sí, no lo sé. —titubeé— La verdad es que ya no sé lo qué espero.
—Quizás un milagro. Todos ahora esperan uno, a su modo, pero no llegará jamás.
Su negra silueta se movió solo un poco, esa vez creo que atisbaba en el horizonte por si aparecía compañía. Quizás le estaban siguiendo, o esperaba a algún compañero. Luego volvió a bajar su cabeza y continuó su discurso.
—Eres de los que tiene esa ridícula idea de que ocurrirá un milagro que acabará con todos los males, y que revertirá todo este desastre ¿No es así?
—Te equivocas, no creo en milagros.
—Entonces crees que saldrás de ésta por tí mismo. —dijo señalándome de pies a cabeza.
—Por favor, déjame en paz. Ya me las arreglaré, de peores situaciones he salido. Crees que estás viendo lo peor de mí, pero no es así.
—Es curioso. Aún casi muerto, con carroñeros merodeándote a la espera de que pierdas la fuerza suficiente y aún así tienes brío. Quizás es el ímpetu de quién está buscando desesperadamente algo, o a alguien… —hizo una pausa breve y suspiró— Déjame sacarte de tu miseria, esa esperanza que exudas carece de sentido. Nadie conseguirá nada, ni tú ni yo, ni nadie en este mundo absurdo. Aquí hasta Murphy muere. ¿Entiendes?
Al decir esa última frase se llevó la mano a la cintura y temí que sacara un arma para liquidarme. Pero en cambio sacó una especie de bota de cuero que alzó sobre su cabeza para beber un poco. Fue toda una tortura ver las gotas de agua salir de la oscuridad de su rostro para luego caer huérfanas al suelo. Mientras bebía, mi orgullo se hizo a un lado e intenté ganarme alguna de esas gotas de agua.
—Trato de entender, créeme. Pero el caso es que me has visto y te detuviste, ¿puedo preguntarte por qué?— al escucharme dejó de beber y guardó de nuevo la bota. Luego se agachó sobre mí. Sus cabellos hacían cosquillas en mi nariz y mi boca. Toda ella desprendía un aroma muy dulce, a almendras. Nadie huele así naturalmente, pensé. Entonces le provoqué un poco, tanteando su humor.
—Vaya, resulta que también estas buscando a alguien… Uhm, es gracioso…—sonreí
— ¿El qué es gracioso?
— Quizás de verdad entiendas mi tragedia en este punto. No te estoy diciendo que no sé qué doy pena y hasta cierto punto un poco de asco. Pero quien busca algo, o a alguien, así sin esperanzas, a sabiendas de que lo que se le escapa seguirá escapándose, quiero decir, sin tener éxito, ya no es trágico, es gracioso.
— Te crees muy listo ¿eh?
— No lo creo. Lo soy.
Entonces la silueta se echó a reír. Y esa especie de risa sonaba como el viento que se oye a lo lejos desde lo más alto de una montaña. Luego agarró su cabello y lo apartó de mi cara. Pero donde debía aparecer su rostro no había nada, tan solo una gran sombra negra que respiraba almendras.
Ambos guardamos silencio por un instante.
—Estás mal, muy mal y en unas horas empezará a anochecer, ya sabes lo que eso significa —dijo al fin, y de donde debería haber estado su boca salió un vaho blanco.
—Lo sé, pero no creo poder caminar, me temo que tengo una rodilla dislocada. Vete tú, no te preocupes. Me queda una bala amiga en la recámara para cuando llegue el momento, si es que llega.
— Y dudas que llegará —dijo con gran calma— Te convertirás en carroña si continúas aquí. De verdad lo siento, pero mi tiempo se ha agotado y el tuyo está por gastarse también. —De nuevo soltó su cabello y éste volvió a hacerme cosquillas en la nariz.

—Verás forastero, es importante siempre ir un paso adelante, convertir el tiempo en tu aliado. No lo olvides.
Después de hablarme llevó sus manos a donde debería estar su cuello y escuché y diminuto click. Luego tomó mi mano derecha y apretó un colgante y su cadenita dentro de ella. Toda ella estaba extrañamente helada.

—Ten, la necesitarás más que yo. Será tu amuleto y te iluminará a donde vayas. Así podrás proteger a las personas que son importantes para ti. Pero a cambio, para compensarme deberás hablarles a todos de mí, que me has visto y que sigo con vida.
No sabía qué decirle. ¿Y si me preguntan cómo es su rostro, como se describe algo inexistente? Pero no le pregunté eso.
— ¿Por qué me estás ayudando?
—Me recuerdas a alguien. Ahora calla y escúchame bien, No volveré por ti, pero si te cuidas mucho tal vez seas capaz de encontrarme. Mientras tanto, guarda la piedra por mí. ¿Estás preparado?
—No, pero es igual.
Puso su helada mano en mi pierna y un dolor insoportable me hizo gritar tan fuerte que pensé que me saldrían las tripas por la garganta. Luego el dolor cesó y de repente todo se oscureció.

Para cuando recobré el sentido ya asomaba la luz del alba formando una explosión rosa y naranja en el cielo. Yo respiraba mejor y mi rodilla estaba en su sitio y ya no dolía. Me encontraba dentro de lo que parecía una pequeña cueva, recostado de un tronco hueco.
Me pareció que todo aquello no había sido más que un sueño, o quizás estaba muerto. Esta bellísima idea se esfumó cuando busqué en mis bolsillos y encontré la piedra. Eso me recordó que no tendré ninguna ayuda ni a nadie a mi lado hasta encontrarla.
Me puse de pie con mucha dificultad y pude dar un par de pasos torpes hacia la entrada de la cueva. Allí me recosté de una columna formada por una gota de agua que durante siglos arrastró sedimentos. Así de ardua siento que será mi odisea, tendré que recorrer cientos de kilómetros hasta encontrarla. Eso contando con que de igual manera ella siga con vida. No obstante, hasta entonces solo tenía claro una cosa: necesito empezar desde ya mi búsqueda y convertir al tiempo en mi aliado. Ojalá.

Cine

Cuando desperté por un breve instante no reconocí donde estaba. Al fondo había una ventana cerrada y al darme vuelta, mi cara quedó frente a una puerta también cerrada. Por debajo de la puerta se colaba la claridad de la mañana, tímida y helada. A través de las rendijas de la ventana también entraba la luz de la calle y se reflejaba en la pared. Se oían los pasos y voces de la gente que caminaba por la acera dos pisos debajo de esa misma ventana.

Deben ser ya las diez.

Me incorporé en la cama y enseguida recordé que estaba en mi habitación. Abajo se encontraba el salón principal del Cine y detrás de esa puerta, el cuartito de proyección donde pasaba gran parte de mi tiempo. En la pared, en un afiche colgado al lado de mi cama, mostraba su pálido y hermoso rostro. Ella y yo dormíamos juntos cada noche, yo le contaba mis preocupaciones, las tonterías que pensaba durante el día. Sobre todo lo que pensaba cuando proyectaba películas que me aburrían sobremanera. Yo le llevaba cuatro años a Greta, pero acordamos que casi no se notaba la diferencia de edad o al menos no parecía darle mucha importancia.

Me levanté y abrí la puerta que daba a la cocina. Con el aire entró un agradable olor a tierra húmeda, estaba helando así que apresuré a encender el fuego. Mi madre solía encender la candela disponiendo pequeñas astillas de leña en pirámide sobre un pedazo de papel colocado dentro de la hornilla. Yo empecé a cortar algunas astillas con el cuchillo de cocina mientras Greta tarareaba un villancico desde la pared de la habitación.

¿Se levantó ya el dormilón? —preguntó con un afecto parecido al de mi madre mientras llenaba de agua en la palangana— Lávate, que tengo un regalo para ti.

Eso realmente me animó, encendí rápidamente el fuego y puse el agua a calentar. Luego de lavarme fui a paso apresurado a la habitación y encontré el un pequeño paquete aplanado sobre la mesilla de noche. La miré, Greta me respondió con esa mirada tan dulce y adormilada. desbaraté el papel y era otra foto de ella, esta vez enmarcada en un precioso marco plateado.
—¿Te gusta? 
—Sí, mucho!
—Anda, ahora dame un beso —me dijo. Y corrí debajo del muérdago y la besé. 
—Feliz Navidad cariño!

Churrasco

Bruce Vaughan como la mayoría de sus compañeros del Regimiento 369 de infantería, estaba pasando la noche húmedo y temblando de frío. Sin embargo, agradecía en secreto que a diferencia de sus compañeros contaba con una mínima protección del maltrecho campanario en el que se encontraba encubierto. Usando su aliento de vez en cuando para tratar de mantener sus dedos calientes. había pasado buena parte de los últimos meses luchando contra los alemanes. Y ahora, en alguna parte de Bélgica, sus días y noches estaban marcados por un ciclo interminable de insomnio, miedo, galletas rancias y cigarrillos demasiado húmedos para fumar (eso solo durante el día).

«Aquí estoy, en este horrible nido despedazado» —Escribió Vaughan en su libreta— «A millas y millas de casa. frío, mojado y cubierto de polvo. No parece que tenga la menor posibilidad de irme, excepto en una ambulancia». Meditó esa idea fugazmente, pero no dejaría a sus compañeros desprotegidos. Al sargento Mailsteam y cerca de veinte hombres que yacían a la intemperie, en las trincheras apestosas allí abajo. A unos 200 metros al oeste de las trincheras enemigas.

Aproximadamente a las 00:00 horas, Vaughan escuchó un ruido leve, un murmullo de voces. Apuntó la mira hacia donde creía provenía el sonido. No se veía nada en las trincheras enemigas. Luego, como solía hacer durante sus eternas guardias nocturnas, se habló a sí mismo.

¿Escuchas a esas ratas? no, no es normal que causen ese alboroto allí, ahora. Las escucho, sí —se respondió y permaneció inmóvil algún tiempo hasta que descubrió que los murmullos en realidad eran voces cantando villancicos— Pero menudos imbéciles. Como asomen una cabeza… —Lo interrumpió una voz desde las profundidades de las trincheras enemigas. La voz era de un soldado hablando en inglés con un fuerte acento alemán que gritó: ¡Ven aquí!.

Vaughan se acomodó buscando desesperadamente algún movimiento, pero nada. El sargento Mailsteam respondió a gritos: ¡¿Por qué mejor no vienes tú?!

En un silencio total ambos bandos aguardaron la respuesta: ¡No! ¡tu vienes la mitad, yo voy la otra mitad! ¡Tenemos vino!

¡Y nosotros churrasco! —grito sarcásticamente el sargento y sus compañeros estallaron en risas. De pronto, se asomó una mano que sostenía una botella de vino con la mitad de su contenido, luego se incorporó el dueño de esa mano. Un oficial que sonreía y levantaba ambas manos en señal de tregua. En las trincheras varios gritos de “no disparen” resonaron. El sargento Mailsteam se acercó al oficial alemán, intercambió unas palabras inaudibles y finalmente estrecharon sus manos vigorosamente. Luego Mailsteam se volvió y gritó:

¡De acuerdo muchachos, compartiremos esta noche y retomamos mañana!

Vaughan apuntaba al oficial alemán con su mira. Podía hacer un tiro perfecto a la cabeza, el cual seguramente le merecería una medalla de honor. Pero muy dentro de sí, sabía que acabar con esa pequeña y extraña tregua no sería nada honorable. Y soltó el aire de sus pulmones deponiendo su rifle.

Que demonios, es víspera de Navidad.

No es reseña, es mi opinión de: Cielo de Medianoche

Acabo de ver “Cielo de Media noche” dirigida por George Clooney con las expectativas quizás demasiado altas, aunque  quizás no, porque se trata de uno de los estrenos más esperados de estas navidades en las plataformas donde se estrenó.

Esta historia post-apocalíptica muestra la perspectiva de Augustine (George Clooney). Un científico que ha decidido una vida ermitaña y aislada en el Ártico y que intenta evitar que Sully (Felicity Jones) y su tripulación de astronautas regresen a la Tierra y encuentren una misteriosa catástrofe global.

Clooney dirige esta adaptación de la aclamada novela de Lily Brooks-Dalton «Good Morning, Midnight» con un ritmo pausado y una realización técnica impecable siguiendo el patrón de anteriores productos dirigidos por Clooney, como “Buenas noches y buena suerte”, donde el estilo “Clooneyano” se ha caracterizado por reflejar una perspectiva intimista, de ritmo contenido pero que siempre busca estimular la empatía del espectador.

Con “Cielo de medianoche” esperábamos una epopeya espacial sobre la soledad y la supervivencia. Y debo decir que eso es precisamente lo que nos encontramos, aunque más centrada en el aspecto del aislamiento.

En este sentido “Cielo de medianoche” puede ser algo decepcionante para algunos espectadores. Prácticamente el toda la historia transcurre en la estación en la Antártica donde Augustine comparte los días con una niña (asumo que es ficticia) y lucha por evitar perder el control y acabar terminar loco por la soledad. Gran parte dela película te hace pensar en la importancia de tener medios para contactar, no con alienígenas, sino con otros supervivientes de la raza humana para evitar perder toda esperanza de sobrevivir.

Debo advertir que la película es lenta y se hace complicada de ver del tirón (al menos sin dar una cabezadita). Sin embargo confieso que a pesar de no tener un gran metraje (1h 58min) da la impresión de que toda la buena puesta en escena, la fotografía espectacular, los primero planos, los paisajes polares y los espaciales no son sino un telón de fondo para justificar el relato del personaje de Augustine, de su manera de lidiar con la soledad y con el desahucio (la ausencia de futuro).

Técnicamente la película es impecable. George, logras muchos planos preciosos… really George. Pero no logras de enganchar al espectador. A los personajes les falta empatía y el desenlace no lleva a ninguna conclusión efectiva. Para mi gusto personal, el desenlace debía ser mucho más emotivo de lo que es. Necesito drama George!

En resumen, “Cielo de medianoche” excelente en su realización pero no logra el anhelado enganche. Posiblemente se trate del trabajo más íntimo de un Clooney que sigue demostrando que es capaz de crear imágenes potentes y bellas, pero le falta el respaldo de un guion sólido y personajes complejos.

Allí donde nunca he viajado por E. E. Cummings (fragmento)

He leído este fragmento esta mañana y me he emocionado como una niña. Lo había escuchado antes, pero la poesía tiene su tiempo y lugar. A mí me ha llegado hoy.

El autor es E. E. Cummings, poeta, pintor y dramaturgo estadounidense (1894-1962). Necesito guardarlo (aunque dudo que lo pueda olvidar en mi vida), y no se me ocurre mejor lugar para tenerlo 💕


“Con solo mirarme me liberas.
Aunque yo me haya cerrado como un puño,
siempre abres pétalo a pétalo mi ser,
como la primavera abre con misteriosa destreza su primera rosa.

O si deseas cerrarme, yo y
mi vida nos cerraremos muy hermosa y súbitamente,
como cuando el corazón de esta flor imagina
la nieve cayendo cuidadosamente por doquier.

Nada que hayamos de percibir en este mundo iguala
la fuerza de tu intensa fragilidad, cuya textura
me somete con el color de sus campos,
retornando a la muerte y la eternidad con cada respiro.

(Ignoro tu destreza para cerrar y abrir,
solo algo en mí entiende
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas)
Nadie, ni siquiera la lluvia tiene manos tan pequeñas.


Mejor escribo

Ya medité,

organicé los cables de mi cerebro,

me depilé,

viajé,

me mojé bajo la lluvia,

intenté navegar,

sudé llorando,

dibujé cantando,

besé tus fotos,

busqué un nuevo regalo,

lo probé,

lo abracé,

lo forré,

firmé una tarjeta,

simulé entregártelo,

sonreí,

viajé otra vez,

compré un libro,

encontré otro,

pensé en llamarte…

luego pensé, mejor escribo.

Desconocida

El gran reloj de pared despertó a Lucile como siempre a las siete menos diez. La hermosa pelirroja hizo su mejor esfuerzo por desperezarse frotando sus ojos lentamente a la par que estiraba toda su columna vertebral. Al frotarse sus ojos verde oliva solo consiguió provocarse un ardor desesperante, veía todo como si estuviese bajo un cristal opaco y húmedo. Por más que lo intentó no fue capaz de enfocar lo que tenía a su alrededor, ni siquiera sus dedos moviéndose, ahí en frente, al estirar sus manos. Era una típica mañana helada de primavera en la que esa pequeña comezón en la nariz se hacía cómplice del frío que le agrietaba la piel alrededor de las fosas nasales. Ella se esforzaba por ignorar todo aquello. Se sentía descansada esa mañana y desde que conoció a Joanna despertaba feliz pese a que casi podía sentir el crujir de su piel bajo su ropa al caminar.

Lucile vivía su vida minimalista y solitaria en una casa estilo holandés con grandes ventanales de cristal en una urbanización de casas flotantes. Construida con madera de cedro recuperada y ecológica, aquella pequeña casa era su sueño ambientalista hecho realidad. Desde la azotea tenía magníficas vistas de toda la bahía y sobre todo de la casa de Joanna que quedaba justo en frente, en la orilla del lago.

A esa hora de la mañana tenía la sensación de que la habitación era más amplia de lo normal y el techo parecía más alto. La luz que entraba por los ventanales se reflejaba en el lago y le otorgaba un delicado brillo color ámbar cálido a toda la habitación, a la piel rosada de sus muslos que asomaban bajo el camisón y sobre todo al cabello de Lucile, haciéndolo parecer un río de lava incandescente una vez que estuvo de pie frente a la ventana.

Luego de pocos minutos, poco a poco su vista volvió a enfocar con normalidad. Primero, el color crudo de las cortinas de lino, luego los pequeños destellos del agua del lago cuando golpeaba suavemente los pilotes de la casa que instigaba a gordos peces pardos a morderse entre sí. Después se fijó en que las luces del muelle aún no se habían apagado. Lucile permaneció de pie cerca de una hora sin mirar a otro sitio que no fuese afuera a través de los paneles de esa ventana. No miro el reloj ni una sola vez. Permaneció allí de pie, inmóvil, con sus ojos abiertos mientras apretaba los dedos de ambas manos, entrelazándolos en su vientre como si eso fuese lo único que mantenía sus vísceras dentro.

Finalmente apareció, los dedos se soltaron para apoyarse en el cristal, allí estaba Joanna. Había tenido la oportunidad de hablarle solo una vez. Usando la excusa de que no tenia gasolina para su Dingui. Estaba muy nerviosa cuando se aproximó para hablarle pero antes de llegar a su lado carraspeó un poco para hacer notar su presencia. Lucile siempre tenía la sensación de que si no lo hacía pasaba totalmente desapercibida, incluso cuando le hablaba directamente a las personas por la calle.

Aquella tarde de verano víspera del 4 de julio se presentaron formalmente después de años de saludos frugales a distancia. Tuvieron la oportunidad de compartir un poco en el jardín de la casa de Joanna donde recibieron a Lucile como a un miembro más del gran asado familiar. Muy pronto se dieron cuenta que tenían mucho en común, sobre todo los silencios. Por una extraña razón ya no resultaban incómodos para ninguna de las dos. Así pasaron largos ratos taciturnos, sentadas sin decir absolutamente nada, hasta que la luz de la luna arrojaba su suave y hechicero brillo sobre la tranquilidad oscura del muelle.

—Debes estar aburrida de estar sentada aquí sin hacer ni decir nada, lo siento — Lucile rompió el silencio temiendo una despedida.

—Solo hay que encontrar ese espacio vacío que te calce —contestó Joanna

— ¿Espacio vacío?

—Sí, ese que se da cuando no tienes que hacer nada. Ciertamente creo que podemos llegar a apreciar más todo si no estamos esperando que algo suceda o si no hay algo llamándonos. Mira —dijo señalando hacia la luna casi redonda— es como observar un eclipse, por ejemplo, simplemente nos detenemos y dejamos que suceda. No se espera que hagamos nada para que se dé. ¿Acaso no es genial?

Lucile inconscientemente había estado conteniendo la respiración todo ese rato que habló Joanna. Dejó escapar el aire por la nariz mientras sonreía hasta que simplemente soltó:

—Sí, es fantástico. Eso me recuerda algo que una vez escuché o leí, algo así como que la música no se encuentra en las notas, sino en los espacios de silencio entre las notas. La poesía no se encuentra en la belleza de las palabras sino en el espacio en blanco entre las palabras. Igual que el amor, que no se encuentra en los besos, el sexo, las caricias… sino en los espacios que existen entre cada una de esas cosas.

—Oh, pues eso es hermoso, aunque un poco triste ¿no crees? No sé, suena un poco a un amor no correspondido —dijo Joanna poniéndose de pie y sacudiendo sus pantalones cortos.

—Si es verdadero, ya todo el amor es nuestro.

Joanna sonrió sin ganas y le dijo a Lucile que ya debía entrar. Se despidieron saludando con la mano y cada una regresó a su casa, a su rutina, a su vida. Joanna tenía claras las intenciones de Lucile, pero no le gustaban las chicas, sin embargo algo le llamaba mucho la atención en ella, un rasgo de candor que se mezclaba con temeridad y travesura.

Pasaron los meses y las interacciones entre Joanna y Lucile volvieron a ser esporádicos saludos a distancia. Sin embargo, Lucile con el tiempo pudo conocerla mejor. Durante varias semanas no durmió ni comió, se quedaba inmóvil frente a la ventana durante horas para así conocer las rutinas de Joanna. Supo donde trabajaba, su horario, que sus padres realmente no vivían con ella en esa casa. Averiguó cuál era su bebida favorita, las series que solía ver en la tele. Sabía que a veces le costaba dormir y tomaba pastillas sin prescripción, que no le gustaban los vegetales, y que le faltaba el asa a la taza que usaba para tomar el café.

Lucile había escuchado muchas veces aquello de que “el tiempo que es un reputado médico que cura todos los males”. Sin embargo su obsesión por Joanna en diez meses no había disminuido ni un ápice. Decidió entonces, una mañana cualquiera, que era hora de tomar acción cuando una luz se encendió en su cabeza mostrándole un plan para acercarse más a ella. Corrió a la despensa, trasteó en varios armarios hasta que dio con una botella de vidrio, siguió buscando y encontró un corcho que le calzaba perfectamente. Luego corrió a buscar lápiz y papel en una de las gavetas de la cocina. La adrenalina hizo que su caligrafía fuese más pequeña y de trazos profundos en el papel. Escribió a toda velocidad:

«¿Alguna vez has servido una bola de helado con una cuchara caliente? Yo sí. Y estoy segura de que durante el proceso en el que se le arranca la porción del tamaño de una pelota de tenis, el helado entero muere lentamente de placer. Algo igual de intenso siento todas las mañanas al verte, después de que nos saludamos. Porque sé que no me saludarás hasta la mañana siguiente. Es injusto, me gustas. ¿Hay algo que te guste? ¿Me aceptarías un helado alguna vez?».

A la mañana siguiente Joanna encontró la botella colocada en el suelo junto a la puerta de su coche. La abrió y leyó la nota. No pudo evitar sonreír y sacó un bolígrafo de su bolso y escribió muy rápidamente antes de volver a meter la nota. Luego dejó la botella en el mismo lugar y se marchó como siempre.

A pocos minutos ya estaba Lucile leyendo: «Sí, hay algo que me gusta mucho: pintar. Pinto acuarelas de la bahía y a mi novio»

—¿Un hombre?

Aquella confesión hizo estallar el corazón de Lucile, haciéndole sentir ya no una cuchara caliente, sino un afilado cuchillo hundiéndose sin piedad en su pecho. Imaginaba a Joanna en ese momento ajustando su reloj con toda la tranquilidad. Ese gesto recurrente en ella ahora se había convertido en el de una mantis que limpia sus patas luego de haber devorado la cabeza de su amante.

Lucile posó con lentitud la botella en el suelo y luego le dio una patada que la hizo volar por los aires hasta estrellarse en un solitario poste de luz a unos metros. Lucile estaba loca de ira, pero no dijo nada, su labio inferior empezaba a sangrar un poco en el lugar donde sus dientes se hincaban, sus ojos desaparecieron tras una cortina ondulante de lágrimas. Joanna nunca le dijo de aquel chico, sabía que le gustaba, incluso coqueteaban mutuamente, sí, era mutuo.

El oficial Cohen, fue el primero en llegar a la escena. Nunca dejaba de impresionarle ver muerta a una chica tan joven pero esta vez se trataba de una muerte desafortunada. Aparentemente la chica se había golpeado en la cabeza contra el borde de la encimera de mármol de la cocina al caer. En su ropa y en los alrededores habían señales de forcejeo, seguramente hubo una pelea. Ya no había nada que hacer por ella, entonces Cohen se dispuso a salir a interrogar a todos fuera para recabar la mayor cantidad de información posible que le diera pistas para encontrar al responsable.

Solo tuvo que dar un par de pasos para encontrarse a otra joven sentada en la acera junto al porche trasero con las manos en la cabeza. En un impulso posó su mano derecha sobre su arma de reglamento y enseguida se identificó en voz alta. La joven no se movió, solo sacudió su cabeza en negación. No lloraba, parecía tranquila y cuando Cohen estuvo de pie frente a ella, relajó su mano al darse cuenta de que se trataba de una diminuta chica rubia.

Joanna Sánchez levantó su mirada y muy tranquila le dijo:

—No la conocía señor oficial, ha sido en defensa propia.

Ambas veces

Y tú me preguntas cómo se sobrevivía sin móviles, ni internet, ni nada de esas cosas…

Primero te contaré cómo sabías estar en el sitio acordado y a la hora acordada. Porque no te quedaba otra si de eso dependía mirar de nuevo su rostro, meses después de su partida al frente.

Tampoco importaba la distancia, tener que ir en bus hasta doce estaciones ida y otras doce de vuelta para llevarle sus roscas favoritas. A cambio sabía que siempre obtendría su sonrisa nerviosa. Esas fueron varias veces, cuando tocaban las angustiosas visitas al hospital, cuando se ponía enfermo.

Qué me dirás ya del tiempo, si no sabes lo que es esperar ocho largos meses recibiendo solo una carta brevísima a la semana. Carta que sabías había sido leída por el capitan o sargento o lo que fuera su superior. 

«Cada semana es una semana menos Lucía, debes tener paciencia pero sobre todo debes cuidarte mucho. Tuyo, Carlos»

Y si decía que era tuyo, no era de otra forma. Tú esperabas, sin pruebas, sin llamadas de vídeo o como la llamen. Sin otra cosa que una promesa hecha una sola vez y que jamás ninguno de los dos tuvo que repetir en voz alta, ni baja.

No estabas en búsqueda de conocerte, de encontrarte. Sabías que lo harías eventualmente, y es que ni siquiera pasaba por tu mente. Habían cosas que hacer más importantes que ponerte a pensar en tu existencia. No, no había tiempo de desprecintar el ego. Eran tiempos difíciles, de hambre, de guerra. La etapa más hermosa de mi vida, solo por él.

Finalmente te diré que amé, lo amé hasta el fin de sus días y el a mí. Y sólo nos dijimos te amo cuando partió, ambas veces, a la guerra y a la paz, y ya está.

Conservación de los recuerdos

Hoy regreso a uno de mis grandes favoritos de siempre, Julio Cortázar (1914-1984), un gran intelectual argentino, traductor, cuentista, poeta, y un gran enamorado de la idea de reventar viejos paradigmas en la literatura.

Es muy normal que te quieran vender a Cortázar como una lectura que te enamorará de inmediato y apasionadamente. Te mienten. Julio es indigesto, extravagante, reiterativo, enrevesado y maravilloso. Hay que leer lento y en algunos casos, como lo son sus obras más elaboradas, se recomienda beber grandes cantidades de contexto, de su contexto, para ir procesando lentamente hasta disfrutarlas.

El siguiente microrrelato es delicioso. Querrás leerlo muchas veces, y si escribes vas a querer hacer otro igual o parecido. Todo esto es normal, es la magia de Cortázar fluyendo por tus neuronas. Hay muchos cuentos como este en su libro “Historia de Cronopios y de Famas” publicado en 1962 en Buenos Aires, Argentina.


Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: «Excursión a Quilmes», o: «Frank Sinatra».

Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: «No vayas a lastimarte», y también: «Cuidado con los escalones». Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.

Los pájaros de Ramiro

A todos nos gusta oír tocar a Ramiro. Sobre todo cuando aparecen los pájaros, cuando empieza a oler a flores y ocurren todas esas cosas. Pero he de confesar que no siempre aparecen. Además solo toca durante esos días especiales que todos sospechamos que deben tratarse de festivos. Me resulta muy difícil saberlo, hace tanto tiempo que no salgo, que ya no estoy seguro ni en qué día vivimos.

Cuando se dispone a tocar a Ramiro le gusta sentarse viendo por el enorme ventanal del salón. Hoy toca una melodía suave y alegre que vibra a través de los árboles del bosque que se enfrenta al ventanal desde el oeste. La música se cuela a través de los rayos tibios del sol y el viento la hace viajar varias millas hasta la espesura del bosque. Todos percibimos la melodía como un riachuelo y poco a poco entramos en sus profundidades hasta quedar sumergidos por completo.

Sin Ramiro, lo normal aquí es el silencio. Las personas hace mucho que se han ido a vivir muy lejos, dentro de sus propios pensamientos. No hay conversaciones ni discusiones, los intercambios se hacen con miradas y cuellos encorvados. Todos están ausentes, aislados, ya no nos hacemos compañía. Casi desaparecidos en una realidad que nos vuelve cada vez más invisibles. Lo único que nos rescata es la música, que arrastra hasta nosotros el olor de las flores, de los árboles del bosque, las conversaciones con los pájaros y tantas otras cosas.

Para cuando Ramiro terminó de tocar, pude divisar en el techo, el revolotear de docenas de pajaritos. Sé muy bien que ninguno de ellos existe en realidad, que son como voces internas, pensamientos que estaban suspendidos hasta que la música de Ramiro los materializa. Cada quien tendrá el suyo, supongo, aunque de diferentes formas. Los pájaros se concentraron en un grupo de conversadores con temas semejantes. Por lo general suelen ser huidizos y se quedan poco tiempo. Hoy el grupo lo conformaron colibríes alegres y vivaces aunque silenciosos. Uno de ellos se me acercó y pude ver cómo ladeaba sutilmente su diminuta cabecita, me miraba con infinita curiosidad.

–Ignóralos cuando vengan –me dijo– y no digas que te lo he dicho a nadie.

–¿Ignorar a quién? –respondí, asegurándome de que nadie me estaba viendo.

–Schhh! No hables, solo escucha. Pronto vendrán los pájaros obscuros. No los escuches, llegarán y se esconderán donde puedan. Desde su escondite os hablarán sin parar hasta carcomer vuestras mentes. Dejarán vuestras cabezas huecas y frágiles. Vuestra cordura se derrumbará, como un árbol podrido durante una ventisca.

No respondí. No supe que decir. Y el colibrí se marchó volando donde los demás aún revoloteaban, como si esperasen algo. ¿Debía advertir a los demás? Ya sabía yo que los pájaros siempre traían un mensaje, pero esta vez resultaba ser uno demasiado definitivo, una especie de amenaza o condena colectiva. Nadie me ha preguntado nunca, pero tampoco les diría que me hablan si lo hicieran, sería estúpido. Queda de mí contarle a los demás del mensaje, queda de ellos prestarme atención y creerme.

Me pregunto en qué momento perdí la capacidad de expresar en voz alta cualquier ridiculez que se me ocurriese. Y más me intriga cuando recuerdo que todo lo verdaderamente genial que ha sucedido en el mundo es y existe producto de la locura. ¿Será un error admitir que un colibrí me ha hablado? Si eso implica salvarlos a todos de un destino atroz, de una muerte en vida. Sería algo generoso de mi parte, se trataría de un acto de rebeldía o quizás de ingenuidad. No tengo la respuesta, creo que a veces simplemente no la hay.

Ciertamente me da temor, no siempre se puede ir hacia atrás buscando el error cometido para corregirlo. Ese error que hace que perdamos el rumbo por completo.

La música de Ramiro procura la atmósfera perfecta para que acudan toda clase de pájaros. El salón se vuelve un lugar sin tiempo, que es a su vez todos los lugares. Mis amigos plumíferos conversan con mis pensamientos que ya no pueden ser palabras. Con silencios que no quieren ser lo que no son. Que no obligan, ni encasillan, ni desprecian. Voces mágicas, silencios mágicos, que incluyen, acarician, abrazan. Para nosotros no es tan sencillo decir en voz alta, me falta, necesito, no sé cómo, no sé por donde, contengo demasiado vacío. Les hablo porque extraño algo que sé que existe pero que no puedo encontrar.

Hablando con los pájaros de Ramiro, pude entender que algunos piensan haber cumplido su más grande deseo cuando en realidad lo que han logrado es perderse a sí mismos. Siempre pensé que en esencia nadie se pierde nunca, si somos honestos con nosotros mismos. En cambio, la realidad se empeña en mostrarme que uno sí que puede perderse y que toma una vida entera volver a tener la oportunidad de encontrar el camino donde uno eventualmente vuelva a encontrarse. Los pájaros solo ayudan a encontrar las pistas de donde está todo lo que siempre será si aceptamos a nuestras voces.

Me han dicho que ignore a los pájaros de Ramiro, incluso el pequeño colibrí me lo ha dicho. Si lo hago, seguramente podre volver a casa, con mi familia. Lejos de miradas furiosas y pastillas soñolientas. Yo no puedo, mi ego es un tramposo. Por una parte, es sencillo renunciar a lo que no es de uno y que tampoco nos atrae tanto. Ahora, ¿cómo se hace para renunciar a aquello que nos atrae mucho y que no queremos que salga de nuestra vida? Desde pequeño me enseñaron que simplemente se le deja de dar importancia a aquello que no debe ser. Aunque por dentro queme, moleste, duela. Sé que se puede sentir y padecer esa clase de dolor con tranquilidad. La tranquilidad y el dolor no son excluyentes, no tienen porque serlo. Se deja ir, con una sonrisa de agradecimiento, a aquello que se abandonó. Pero es difícil decirle que no a lo que uno quiere decirle que sí, claro que es difícil, más no es imposible.

A veces sigo las recomendaciones e insisto en hablar con las personas, esos seres que no tienen nada que ver conmigo, y no me pasa nada, no encuentro nada, no vibro, no entiendo, no me llegan, o no nos llegamos. No será el momento, no será en esta vida, no estaré en la frecuencia adecuada. Pero hay gente testaruda, gente perezosa. Gente que prefiere pasarlo mal con lo que no es, que hacer espacio para lo que puede llegar volando y quedarse. Hay urgencias, hay necesidades, hay vacíos profundos, hay incomodidades que parecen imposibles de soportar, parecen, pero sí, podemos soportarlas.

El perfeccionista que habita dentro de mí quisiera analizar lo que supone contar lo que me ha dicho el colibrí esta tarde. Me decanto más bien por seguir esperando a los pájaros con cada tonada, y hablarles. Permitir que me hagan compañía. Seguramente he perdido la cordura para siempre, pero he pensado en ello lo suficiente como para controlar ese impulso de autodestruirme.

Finalmente he conseguido convertir mi decisión en un acto reflejo de sonar la lengua contra los dientes tornando los ojos hacia arriba y pasar a pensar en otra cosa. No diré nada, igual no me creerán.

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